Encíclica del papa Francisco,
29 junio 2013.
Resumen literal de los cap 3
y 4.
37. Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado
su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí (…) La palabra
recibida se convierte en respuesta, confesión y, de este modo, resuena para los
otros, invitándolos a creer (…) La luz de Cristo brilla como en un espejo en el
rostro de los cristianos, y así se difunde (…) igual que en la liturgia pascual
la luz del cirio enciende otras muchas velas.
39. Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe
no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del
creyente, no es una relación exclusiva entre el «yo» del fiel y el «Tú» divino,
entre un sujeto autónomo y Dios (…) Esta apertura al «nosotros» eclesial
refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el
Padre y el Hijo, entre el «yo» y el «tú», sino que en el Espíritu, es también
un «nosotros», una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo
40. La Iglesia, como toda familia, transmite a sus
hijos el contenido de su memoria (…) En efecto, la fe necesita un ámbito en el
que se pueda testimoniar y comunicar, un ámbito adecuado y proporcionado a lo
que se comunica. Para transmitir un contenido meramente doctrinal, una idea,
quizás sería suficiente un libro, o la reproducción de un mensaje oral. Pero lo
que se comunica en la Iglesia, lo que se transmite en su Tradición viva, es la
luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo, una luz que toca la persona
en su centro, en el corazón, implicando su mente, su voluntad y su afectividad,
abriéndola a relaciones vivas en la comunión con Dios y con los otros (…) que
pone en juego a toda la persona, cuerpo, espíritu, interioridad y relaciones.
Este medio
son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se
comunica una memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida,
asociada a todos los sentidos; implican a la persona, como miembro de un sujeto
vivo, de un tejido de relaciones comunitarias.
46. Otros dos elementos son esenciales en la
transmisión fiel de la memoria de la Iglesia. En primer lugar, la oración del
Señor, el Padrenuestro (…) En ella (…) comienza a ver con los ojos de Cristo
(…) Además, es también importante la conexión entre la fe y el decálogo. La fe,
como hemos dicho, se presenta como un camino, una vía a recorrer, que se abre
en el encuentro con el Dios vivo (…) El decálogo no es un conjunto de preceptos
negativos, sino indicaciones concretas para salir del desierto del «yo»
autorreferencial, cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios, dejándose
abrazar por su misericordia para ser portador de su misericordia.
50. Al presentar la historia de los patriarcas y de
los justos del Antiguo Testamento, la Carta a los Hebreos pone de relieve un
aspecto esencial de su fe. La fe no sólo se presenta como un camino, sino
también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el
hombre pueda convivir con los demás. El primer constructor es Noé que, en el
Arca, logra salvar a su familia (cf. Hb
11,7).
51. Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al
servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del
encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y
la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el
dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio
hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las
relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer
la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de
los hombres de nuestro tiempo (…) Sí, la fe es un bien para todos, es un bien
común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para
construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras
sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.
52. (…) El primer ámbito que la fe ilumina en la
ciudad de los hombres es la familia.
53. En la familia, la fe está presente en todas las
etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del
amor de sus padres.
54. Asimilada y profundizada en la familia, la fe
ilumina todas las relaciones sociales (…) En la «modernidad» se ha intentado
construir la fraternidad universal entre los hombres fundándose sobre la
igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esta fraternidad, sin
referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir. Es
necesario volver a la verdadera raíz de la fraternidad.
55. La fe, además, revelándonos el amor de Dios, nos
hace respetar más la naturaleza, pues nos hace reconocer en ella una gramática
escrita por él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y
salvaguardarla; nos invita a buscar modelos de desarrollo que no se basen sólo
en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don del
que todos somos deudores; nos enseña a identificar formas de gobierno justas,
reconociendo que la autoridad viene de Dios para estar al servicio del bien
común. La fe afirma también la posibilidad del perdón, que muchas veces
necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso; perdón posible cuando se
descubre que el bien es siempre más originario y más fuerte que el mal, que la
palabra con la que Dios afirma nuestra vida es más profunda que todas nuestras
negaciones.
56. (…) Hablar de fe comporta a menudo hablar también
de pruebas dolorosas, pero precisamente en ellas san Pablo ve el anuncio más
convincente del Evangelio, porque en la debilidad y en el sufrimiento se hace
manifiesta y palpable el poder de Dios que supera nuestra debilidad y nuestro
sufrimiento (…) El cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le
puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en
las manos de Dios, que no nos abandona y, de este modo, puede constituir una
etapa de crecimiento en la fe y en el amor. Viendo la unión de Cristo con el
Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz (cf. Mc 15,34), el cristiano aprende a
participar en la misma mirada de Cristo. Incluso la muerte queda iluminada y
puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último «Sal de tu tierra»,
el último «Ven», pronunciado por el Padre, en cuyas manos nos ponemos con la
confianza de que nos sostendrá incluso en el paso definitivo.
57. La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los
sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las
personas que sufren! (…) Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus
sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los
aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una
lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre
que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le
responde con una presencia que le acompaña.
59. Podemos decir que en la Bienaventurada Virgen
María se realiza eso en lo que antes he insistido, que el creyente está
totalmente implicado en su confesión de fe. María está íntimamente asociada,
por su unión con Cristo, a lo que creemos.
60. Nos dirigimos en oración a María, madre de la
Iglesia y madre de nuestra fe.
¡Madre,
ayuda nuestra fe!
Abre nuestro
oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.
Aviva en
nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando
en su promesa.
Ayúdanos a
dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.
Ayúdanos a
fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de
tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.
Siembra en
nuestra fe la alegría del Resucitado.
Recuérdanos
que quien cree no está nunca solo.
Enséñanos a
mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.
Y que esta
luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin
ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.
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