El papel de los fieles laicos
Resumen literal de la Ex. Ap. Christifideles laici, sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (cap. V) de Juan Pablo II (30-X-1988).
Los fieles laicos no son simplemente los obreros sino que forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5), dice Jesús. El Concilio se abrió a una visión decididamente positiva de los fieles laicos y el carácter peculiar de su vocación[1]. Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana»[2]. Los fieles laicos ¾al igual que todos los miembros de la Iglesia¾ son sarmientos radicados en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana. Por el santo bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22). El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo «unge» al bautizado y puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar…» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2): el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad[3], insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1Pt 1, 15).
La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas: «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida»[4]. A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo»[5]. Dice san Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias; hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...) Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mi como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión. En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así nos lo recuerda María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual» y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto son ocasiones providenciales para un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad. El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida: «La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época»[6].
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado (pero) se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal, un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, y particularmente el crecimiento personal en los valores humanos.
La formación cristiana encuentra su raíz y su fuerza en Dios, se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en sus distintas articulaciones y manifestaciones, a través de las Iglesias particulares. Dentro de la Iglesia particular o diócesis, dentro de algunas parroquias, puede servir una catequesis postbautismal a modo de catecumenado.
También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», las escuelas y universidades católicas y los centros de renovación espiritual. Hay que preparar fieles laicos que se dediquen a la acción educativa y a promover para todos una verdadera libertad de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil. Es de particular importancia la investigación científica y técnica. También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su lugar en la formación, cada uno con sus propios métodos, y pueden completar, concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas y comunidades.
La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un deber de todos. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
“Id también vosotros a mi viña” es el llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres. Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinaria dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Esta «novedad cristiana» constituye para todos la raíz de su participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, según la «índole secular» que es «propia y peculiar» de ellos.
Según la parábola evangélica, el «dueño de casa» llama a los obreros a su viña a distintas horas de la jornada (cf. Mt 20, 1 ss.). San Gregorio Magno interpreta las diversas horas en relación con las edades de la vida. «La mañana puede representar ciertamente la infancia. Después la tercera hora se puede entender como la adolescencia. La sexta hora es la juventud. La ancianidad representa la hora novena»[7]. Todas y cada una llamadas a trabajar en el advenimiento del Reino de Dios, según la diversidad de vocaciones y situaciones, carismas y funciones; variedad que hace más viva y concreta la riqueza de la Iglesia. En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo, que el mundo actual tiene una gran necesidad.
Es indudable que ¾en virtud del Bautismo y de la Confirmación¾ la mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple oficio de Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia con su vocación femenina. Como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el comportamiento de nuestro Señor, ni la llamada por Él dirigida a las mujeres, sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la mujer en la misión evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana»[8]. El nuevo Código de Derecho Canónico contiene múltiples disposiciones que exigen ser más ampliamente conocidas, y puestas en práctica con mayor tempestividad y determinación. En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser propuestas a la atención de todos. En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida matrimonial y a la maternidad. Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura. En todas las dimensiones de la vida, desde la dimensión socio-económica a la socio-política, deben ser respetadas y promovidas la dignidad personal de la mujer y su específica vocación garantizadas por las justas leyes civiles.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año Mariano, ha confiado sus trabajos a la intercesión de María Santísima, Madre del Redentor. «Con alegría y admiración nos unimos a tu Magníficat, damos gracias a Dios, “cuya misericordia se extiende de generación en generación”, por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos por su nombre llamados por Dios a irradiar la luz de Cristo y a comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo.
[1] Cf Lumen gentium, 31.
[2] Pío XII. Discurso a los nuevos Cardenales, 20 febrero 1946.
[3] Cf Lumen gentium, cap. V, 39-42.
[4] Dec. Apostolicam actuositatem, 4.
[5] Padres sinodales. Propositio, 5.
[6] Gaudium et spes, 43; Ad gentes, 21; Evangelio nuntiandi, 20.
[7] Hom. In Evang. I, XIX, 2: PL 76, 1155.
[8] Discurso al Comité de organización del Año Internacional de la Mujer, 18 abril 1975.
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