lunes, 11 de julio de 2011

Sobre la virtud de la justicia

Sobre la justicia social

Resumen literal de la Enc. Centessimus annus (a los cien años) de Juan Pablo II (1-V-1991).

En el centenario de la encíclica de León XIII Rerum novarum (15 mayo 1891) hago un “relectura” para descubrir de nuevo la riqueza de sus principios fundamentales con una mirada alrededor cuando se vislumbra el tercer milenio cargado de incógnitas y promesas.

Se confirma el valor permanente de la doctrina social de la Iglesia y se manifiesta el sentido de la Tradición siempre viva. Es un tesoro que contiene “cosas viejas”, recibidas y que permite descubrir las “cosas nuevas” de la Iglesia y del mundo. Se incorpora a la Tradición la actividad fecunda de millones y millones de hombres que, actuando individual o coordinados en grupos, son un gran movimiento para la defensa de la persona humana y su dignidad.

A finales del siglo pasado había un proceso histórico en su punto álgido con cambios radicales ante una nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo. Había aparecido una nueva forma de propiedad, el capital, y una nueva forma de trabajo, el asalariado. El trabajo se convertía en mercancía que podía comprarse y venderse libremente en el mercado sin tener en cuenta el mínimo vital para el sustento del trabajador y su familia. Amenazaba el desempleo y el espectro de morir de hambre.

La sociedad estaba dividida en dos clases separadas por un abismo profundo y se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad social y el peligro de una revolución.

León XIII encontró en su tiempo ansia de novedades y ganas de cambiarlo todo. En el conflicto entre el capital y el trabajo, se contraponían, como si fueran “lobos”, unos hombres contra otros. Prevalecía una doble tendencia: una, orientada hacia este mundo y esta vida, extraña a la fe; la otra, dirigida a una salvación puramente ultraterrena que no iluminaba ni orientaba su presencia en la tierra. Enseñar y difundir la doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia y forma parte esencial del mensaje cristiano. Esta doctrina se encuadra en el trabajo cotidiano y en la lucha por la justicia. La nueva evangelización, que es una urgente necesidad, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social pues no existe verdadera solución fuera del Evangelio.

León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. Calificó el trabajo como algo “personal” pues el hombre se expresa y se realiza trabajando. Afirmaba otros derechos de la persona: el natural de asociación, v.gr. los sindicatos que frenan los abusos capitalistas.

Su rica enseñanza abarcaba las relaciones entre el Estado y los ciudadanos criticando los dos sistemas: el “socialismo”, que niega la propiedad privada, y el “liberalismo” que favorece a unos pocos, la parte rica y próspera.

El error “socialista” es considerar al hombre como simple elemento o molécula subordinado al funcionamiento del mecanismo socio-económico, sin responsabilidad. Desaparece el concepto de persona. La concepción cristiana de la persona tiene una justa visión de la sociedad. La socialidad del hombre no se agota en el Estado sino que se realiza en los grupos intermedios.

La causa principal del error “socialista” es el ateísmo. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona. Del ateísmo brotan los medios de acción propios del “socialismo” que es la “lucha de clases”. Ese Papa no condena todas y cada una de las formas de conflictividad y en Laborens exercens he reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como “lucha por la justicia”. Se condena la “lucha de clases” porque se niega a respetar la dignidad de la persona en el otro y se aplica la doctrina de la “guerra total”, que el militarismo y el imperialismo imponían en aquella época, que busca el absoluto predominio destruyendo toda la resistencia del adversario sin excluir el uso de la mentira, el terror y las armas de destrucción masiva.

Un error de mayor alcance es concebir la libertad apartada de la obediencia a la verdad y del deber de respetar los derechos de los demás. Así, la libertad es amor propio que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia. Este error llevó a las dos guerras (del 14-17 y del 39-45) originadas por una terrible carga de odio y rencor acumulada por tanta injusticia y que hizo tan crueles esas guerras en las que no se dudó en violar los derechos humanos más sagrados y se realizó el exterminio de pueblos y grupos sociales enteros.

Después de 1945, en Europa se han cayado las armas pero no se han superado las causas; es una situación de no guerra, de no verdadera paz. El progreso científico y técnico se convierte en instrumento de guerra para producir armas cada vez más perfeccionadas y destructivas. Los grupos extremistas son armados y adiestrados para la guerra. Se militarizan muchos países del Tercer Mundo, se difunde el terrorismo mientras se cierne una guerra atómica, capaz de acabar con la humanidad.

Algunos países buscan reconstruir una sociedad democrática para desterrar el potencial revolucionario comunista pero sólo consideran mantener el libre mercado, la estabilidad monetaria y la seguridad de las relaciones sociales para un crecimiento estable y sano. Se trata de evitar que el mercado sea el único punto de referencia; se requiere un control público que vele por el destino universal de los bienes.

Como ya expuse en Sollicitudo rei socialis, el alcance de los inesperados y prometedores acontecimientos de 1989 en Europa central y oriental, es culminación de lo ocurrido con la caída de ciertos regímenes dictatoriales y de opresión en países de América Latina, África y Asia. La ayuda de la Iglesia ha sido decisiva afirmando con sencillez y energía la dignidad del hombre, imagen de Dios.

El hombre ha sido creado para la libertad pero lleva dentro la herida del pecado original que le hace capaz del mal. No se puede creer poseer el secreto de la organización social perfecta que haga imposible el mal. Entonces se convierte la política en religión secular y se cree ilusoriamente poder lograr el paraíso olvidándose de la parábola del trigo y la cizaña. Solamente al final de los tiempos volverá el Señor en su gloria para instaurar los cielos nuevos y la tierra nueva. Ahora, en el tiempo, es imperfecto y provisional pero el Reino de Dios ilumina el orden de la sociedad humana. Es una labor de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los seglares.

El desarrollo no es exclusivamente económico. El punto culminante es el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Reconocer estos derechos es el fundamento de todo ordenamiento político que evitará que recobren vigor antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo. Se ha de evitar la excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios que provocan de manera desenfrenada los instintos y el goce inmediato. Hay que evitar nuevas formas de fundamentalismo religioso que velada o abiertamente niegan a los ciudadanos, de credos diversos de los de la mayoría, el ejercicio de los derechos civiles y religiosos.

Es preocupante la cuestión ecológica: la insensata destrucción del ambiente natural. Suplantar a Dios supone tiranizar la naturaleza en vez de gobernarla. Es mezquindad o estrechez de miras y falta de la actitud desinteresada, gratuita y estética que nace del asombro por el ser y por la belleza.

Más grave aún es la destrucción irracional del ambiente humano. Hay que salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”: respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado el hombre. Hay que mencionar el moderno urbanismo. Hay estructuras concretas de pecado que hay que demoler y sustituir por formas auténticas, con valentía y paciencia. La familia, basada en el matrimonio del hombre y la mujer, es la primera estructura fundamental de la “ecología humana”.

Caído el socialismo, el vencedor (el capitalismo) no tiene vía libre. Del capitalismo es absolutamente negativa su postura con la libertad que no quiere encuadrar en un sólido contexto jurídico. El fracaso del sistema comunista elimina obstáculos pero existe el riesgo de la ideología capitalista radical en su forma fideísta.

La Iglesia no tiene modelos que proponer. Reconoce la positividad del mercado y de la empresa pero al mismo tiempo indica que han de estar orientados hacia el bien común. La empresa no es sólo una “sociedad de capitales” sino una “sociedad de personas” que aportan el capital necesario. La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone el derecho al trabajo en que se basa la justa paz social.

La Iglesia aprecia la democracia si asegura la participación y la corresponsabilidad de los ciudadanos. La auténtica democracia sólo es posible en un Estado de derecho que promociona a la persona con la educación y la formación en los verdaderos ideales. La democracia sin valores es un totalitarismo visible o encubierto. No hay que cerrar los ojos ante el fanatismo y fundamentalismo de quienes imponen a los demás su concepción. La verdad cristiana no es ideológica y reconoce que la vida se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas; utiliza el método propio del respeto de la libertad. Así el cristiano propone dialogando con los demás hombres, atento a la parte de verdad que encuentra en los demás, aunque sin renunciar a afirmar todo lo que ha recibido de la fe y del uso correcto de la razón.

Tras la caída del totalitarismo comunista, hay un ideal democrático que debe reformarse para fundamentar sus ordenamientos en el reconocimiento explícito de los derechos humanos: derecho a la vida, derecho a vivir en familia unida, derecho a madurar la inteligencia y la libertad, derecho a participar en el trabajo; derecho a la libertad religiosa. No siempre son respetados como ocurre allí donde se ve el escándalo del aborto y donde los interrogantes que plantea la sociedad son examinados con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen.

Nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte de otro; esto es muy importante para la solución a la alternativa de la guerra. El ingente poder de medios de destrucción hace imposible limitar las consecuencias de un conflicto. Benedicto XV y sus sucesores, y yo tras la dramática guerra del Golfo Pérsico, hemos gritado: ¡Nunca más la guerra! Ha llegado el tiempo en que el imperio de la ley sustituya a la venganza y a la represalia. En la raíz de la guerra hay, en general, reales y graves razones. Pero el nombre de la paz es el desarrollo (Pablo VI, Populorum progresio, 76-77), tanto a nivel interno como a nivel internacional. Se requiere una concertación mundial para el desarrollo que comporta importantes cambios en los estilos de vida, poner fin al despilfarro de los recursos y valoración de los nuevos bienes materiales y espirituales, frutos del trabajo.

En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado su pensamiento, no para recuperar privilegios del pasado o para imponer su propia concepción. Su única finalidad es el hombre que, como recuerda el concilio Vaticano II, es la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la que tiene un proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna (cf Redemptor hominis, 13). Cada hombre es el camino de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo (cf Redemptor hominis, 14).

Para ejercitar la justicia se requiere el don de la gracia de Dios en colaboración con la libertad de los hombres.

Los grandes problemas se resuelven con la colaboración de todas las fuerzas. El liberalismo y el marxismo rechazan esta colaboración. La solución es un esfuerzo de todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia ofrece esta colaboración y tiene la esperanza fundada en ese grupo numeroso de personas que no profesan una religión pero que pueden contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social (cf Sollicitudo rei socialis, 38). En Sollicitudo rei socialis he hecho una llamada a las Iglesias cristianas y a todas las grandes religiones del mundo invitándolas a ofrecer su testimonio; estoy persuadido.

El cristiano sabe que la novedad que esperamos en plenitud a la vuelta del Señor, está presente ya desde la creación del mundo, y precisamente desde que Dios se ha hecho hombre en Cristo Jesús. María, la Madre del Redentor, permanece junto a Cristo en su camino hacia los hombres y con los hombres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario