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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Actuación pública de los católicos

Sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana.

Resumen literal de la Encíclica de Juan XXIII Mater et magistra (15-V-1961).

Madre y Maestra de pueblos, la Iglesia católica fue fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de los siglos, encontraran su salvación, con la plenitud de una vida más excelente, todos cuantos habían de entrar en el seno de aquélla y recibir su abrazo. A esta Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1Tim 3,15), confió su divino fundador una doble misión, la de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre la Iglesia con el máximo respeto y defendió con la mayor vigilancia.

La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un día ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas.

(…) Por tanto, la santa Iglesia, aunque tiene como misión principal santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes sobrenaturales, se preocupa, sin embargo, de las necesidades que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las que afectan a su decoroso sustento, sino de las relativas a su interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguno y a lo largo de las diferentes épocas.

Al realizar esta misión, la Iglesia cumple el mandato de su fundador, Cristo, quien… al contemplar la multitud hambrienta, exclamó conmovido: «Siento compasión de esta muchedumbre» (Mc 8, 2), demostrando que se preocupaba también de las necesidades materiales de los pueblos.

(…) Nada, pues, tiene de extraño que la Iglesia católica, siguiendo el ejemplo y cumpliendo el mandato de Cristo, haya mantenido constantemente en alto la antorcha de la caridad durante dos milenios…

Pío XI… con la encíclica Quadragesimo anno… confirma, ante todo, el derecho y el deber de la Iglesia católica de contribuir primordialmente a la adecuada solución de los gravísimos problemas sociales que tanto angustian a la humanidad; corrobora después los principios y criterios prácticos de la encíclica de León XIII, inculcando normas ajustadas a los nuevos tiempos; y aprovecha, en fin, la ocasión para aclarar ciertos puntos doctrinales sobre los qué dudaban incluso algunos católicos y para enseñar cómo había de aplicarse la doctrina católica en el campo social, en consonancia con los cambios de la época.

(…) manifiesta además que la oposición entre el comunismo y el cristianismo es radical. Y añade que los católicos no pueden aprobar en modo alguno la doctrina del socialismo moderado. En primer lugar, porque la concepción socialista del mundo limita la vida social del hombre dentro del marco temporal, y considera, por tanto, como supremo objetivo de la sociedad civil el bienestar puramente material; y en segundo término, porque… limita extraordinariamente la libertad, olvidando la genuina noción de autoridad social.

No olvidó, sin embargo, Pío XI que, a lo largo de los cuarenta años transcurridos desde la publicación de la encíclica de León XIII, la realidad de la época había experimentado profundo cambio (…) El estado de cosas, que, al tiempo de la conmemoración de Pío XII, había ya cambiado mucho con relación a la época inmediatamente anterior, en estos últimos veinte años ha sufrido profundas transformaciones en el interior de los países y en la esfera de sus relaciones mutuas (…)

Como tesis inicial, hay que establecer que la economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa privada de los individuos, ya actúen éstos por sí solos, ya se asocien entre sí de múltiples maneras para procurar sus intereses comunes.

Sin embargo… es necesaria también la presencia activa del poder civil… a fin de garantizar, como es debido, una producción creciente que promueva el progreso social y redunde en beneficio de todos los ciudadanos (…) Esta acción del Estado, que fomenta, estimula, ordena, suple y completa, está fundamentada en el principio de la función subsidiaria, formulado por Pío XI: “… así como no es lícito quitar a los individuos y traspasar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e iniciativa, así tampoco es justo, porque daña y perturba gravemente el recto orden social, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden realizar y ofrecer por sí mismas…”.

La misma evolución histórica pone de relieve, cada vez con mayor claridad, que es imposible una convivencia fecunda y bien ordenada sin la colaboración, en el campo económico, de los particulares y de los poderes públicos… con un esfuerzo común y concorde.

(…) La experiencia diaria, prueba, en efecto, que cuando falta la actividad de la iniciativa particular surge la tiranía política. No sólo esto. Se produce, además, un estancamiento general…

Pero… sucede que, en muchos sectores de la actividad humana, se detallan cada vez más la regulación y la definición jurídicas de las diversas relaciones sociales… Consiguientemente, queda reducido el radio de acción de la libertad individual… Juzgamos además necesario que los organismos o cuerpos y las múltiples asociaciones privadas, que integran principalmente este incremento de las relaciones sociales, sean en realidad autónomos…


(…) La teoría más falsa de nuestros días es la que afirma que el sentido religioso… en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción o mera imaginación, la cual debe, por tanto, arrancarse totalmente de los espíritus por ser contraria en absoluto al carácter de nuestra época y al progreso de la civilización (…) Lejos de ser así, esa íntima inclinación humana hacia la religión, resulta, prueba convincente de que el hombre ha sido, en realidad, creado por Dios y tiende irrevocablemente hacia El…

(…) El hombre, separado de Dios, se torna inhumano para sí y para sus semejantes, porque las relaciones humanas exigen de modo absoluto la relación directa de la conciencia del hombre con Dios, fuente de toda verdad, justicia y amor…

(…) La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios… Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen» (Sal 127 (126), 1).


La Iglesia católica enseña y proclama… el principio capital… que el hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales…

(…) Por el desordenado amor propio que anida profundamente en el hombre… por el materialismo que actualmente se infiltra en gran escala en la sociedad moderna… no basta que la educación cristiana, en armonía con la doctrina de la Iglesia, enseñe al hombre la obligación que le incumbe de actuar cristianamente en el campo económico y social, sino que, al mismo tiempo, debe enseñarle la manera práctica de cumplir convenientemente esta obligación.

(…) Puede… ocurrir a veces que, cuando se trata de aplicar los principios, surjan divergencias aun entre católicos de sincera intención. Cuando esto suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima y el respeto recíproco, y al mismo tiempo examinen los puntos de coincidencia a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente lo que las necesidades pidan.

Pero los católicos, en el ejercicio de sus actividades económicas o sociales, entablen a veces relaciones con hombres que tienen de la vida una concepción distinta… procuren… ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar compromisos que puedan dañar a la integridad de la religión o de la moral. Deben, sin embargo, al mismo tiempo, mostrarse animados de espíritu de comprensión para las opiniones ajenas, plenamente desinteresados y dispuestos a colaborar lealmente en la realización de aquellas obras que sean por su naturaleza buenas o, al menos, puedan conducir al bien.

(…) Nadie… debe deducir… que nuestros hijos, sobre todo los seglares, obrarían prudentemente si colaborasen con desgana en la tarea específica de los cristianos, ordenada a las realidades de esta vida temporal (…) Nadie debe, por tanto, engañarse imaginando un contradicción entre dos cosas perfectamente compatibles, esto es, la perfección personal propia y la presencia activa en el mundo, como si para alcanzar la perfección cristiana tuviera uno que apartarse necesariamente de toda actividad terrena, o como si fuera imposible dedicarse a los negocios temporales sin comprometer la propia dignidad de hombre y de cristiano.

(…) «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). Así el trabajo humano se eleva y ennoblece de tal manera que conduce a la perfección espiritual al hombre que lo realiza y, al mismo tiempo, puede contribuir a extender a los demás los frutos de la redención cristiana y propagarlos por todas partes…

Si todos y cada uno de vosotros prestáis con ánimo decidido esta colaboración, se habrá dado necesariamente un gran paso en el establecimiento del reino de Cristo en la tierra, el cual «es reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz»; reino del cual partiremos algún día hacia la felicidad eterna, para la que hemos sido creados por Dios y a la cual deseamos ardientemente llegar.

La tarea misionera

Sobre el apostolado misionero

Resumen literal de la Encíclica de Juan XXIII Princeps pastorum (28-XI-1959)

1. El Príncipe de los Pastores (1Pe 5, 4) nos confió los «corderos» y las «ovejas», esto es, toda la grey de Dios (cf. Jn 21, 15-57) doquier que more en el mundo, para apacentarla y regirla (…) y desde aquel mismo momento siempre tuvimos ante nuestro pensamiento la grandeza, hermosura y gravedad de las Misiones católicas.

3. Por doquier surge la llamada "¡Ayudadnos!" (Hch 16,9) que llega a nuestros oídos… innumerables regiones, fecundadas por la sangre y el sudor apostólico de los heroicos heraldos del Evangelio procedentes «de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Ibíd., 2,5)), y en las que ya germinan ahora como floración y fruto de gracia apóstoles nativos.

4. Conforme al «fin último» del trabajo misional que es, según Pío XII, «el de constituir establemente la Iglesia entre otros pueblos y confiarla a una Jerarquía propia, escogida de entre los cristianos de allí nacidos», esta Sede Apostólica siempre oportuna y eficazmente ha provisto, y en estos últimos tiempos con expresiva largueza, el establecer o restablecer la Jerarquía eclesiástica en aquellas regiones donde las circunstancias permitían y aconsejaban la constitución de sedes episcopales, confiándolas siempre que era posible a prelados nativos de cada lugar.

5. (…) el primer obispo de raza asiática y los primeros vicarios apostólicos de estirpe africana fueron nombrados en el 1939. Y, hasta el 1959, se cuentan ya 68 obispos de estirpe asiática y 25 de estirpe africana. El clero nativo ha pasado de 919 miembros, en el 1918, a 5.553, en 1957, para Asia, y de 90 miembros a 1.811, en el mismo espacio de tiempo, para África.

8. Bien sabéis, además, venerables hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.

9. La formación del clero autóctono, decía Nuestro venerado predecesor Benedicto XV, ha de encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en sus manos, tan pronto sea posible, el gobierno de las iglesias y guiar, con la enseñanza y su ministerio, a los propios connacionales por el camino de la salvación.

10. (…) se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana.

(…) ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo».

11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados… podrán dar vida, bajo la dirección de sus obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de «reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo» (cf. Cor 10,5), como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así «atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos».

13. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: «Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos»; y gráficamente afirmaba San Agustín: «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo».

Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: «Cosa bien triste sería —así escribía él en la epístola Maximum illud— que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria…»

Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.

14. Por lo demás, doquier que sea fundada la Iglesia, allí debe estar ella siempre presente y activa con toda su estructura orgánica, y, por lo tanto, no sólo con la Jerarquía en sus varios grados, sino también con el laicado; pues por medio del clero y de los seglares es como ella necesariamente tiene que desarrollar su obra de salvación.

16. Todo cristiano tiene que estar convencido de su deber primero y fundamental, el ser testigo de la verdad en que cree y de la gracia que le ha transformado. «Cristo —decía un gran Padre de la Iglesia— nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que enseñen; para que cumplamos nuestro deber de levadura.

17. Mas el testimonio de cada uno debe ser confirmado y ampliado por el de toda la comunidad cristiana, como sucedía en la floreciente primavera de la Iglesia, cuando la compacta y perseverante unión de todos los fieles «en la enseñanza de los apóstoles y en la común fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42) y en el ejercicio de la más generosa caridad era motivo de profunda satisfacción y de mutua edificación; y ellos «alababan a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo. Y luego el Señor aumentaba cada día los que venían a salvarse» (Ibíd., 2,47).

19. Los fieles cristianos, pues que son miembros de un organismo vivo, no pueden mantenerse cerrados en sí mismos, creyendo les baste con haber pensado y proveído en sus propias necesidades espirituales, para cumplir todo su deber. Cada uno, por lo contrario, contribuya de su propia parte al incremento y a la difusión del reino de Dios sobre la tierra. Nuestro predecesor Pío XII ha recordado a todos este su deber universal: «La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta el punto que un cristiano no es verdaderamente devoto y afecto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra».

23. (…) En el campo de la actividad pública es donde los laicos de los países de Misión tienen su más directa y preponderante acción, y es necesario proveer con gran premura y urgencia… hombres que honren primero las diversas profesiones y actividades, y luego, con su sólida vida cristiana…».

25. (…) A todos los obispos, al clero y a los fieles de las diócesis del mundo entero, que con oraciones y ofertas contribuyen a las necesidades espirituales y materiales de las Misiones, les exhortamos a que intensifiquen más aún esta necesaria colaboración.

(…) Invocando con toda el alma sobre las Misiones Católicas la válida asistencia de sus Santos Patronos y Mártires, y muy especialmente la intercesión de María Santísima, amorosa Madre de todos nosotros y Reina de las Misiones, a cada uno de vosotros, venerables hermanos, y a todos cuantos de algún modo colaboran en la propagación del Reino de Dios, con el mayor afecto impartimos la Bendición Apostólica, que sea prenda y fuente de las gracias del Padre Celestial que se reveló en su Hijo Salvador del mundo, y que en todos encienda y multiplique el celo misionero.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Sobre la paz en la tierra

Sobre la paz en la tierra

Resumen literal de la Encíclica de Juan XXIII, Jueves Santo, 11 abril 1963 .



La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios.


(…) el progreso científico y los adelantos técnicos lo primero que demuestran es la grandeza infinita de Dios, creador del universo y del propio hombre. Dios hizo de la nada el universo, y en él derramó los tesoros de su sabiduría y de su bondad (cf. Gén 1, 26)… De igual manera, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, dotándole de inteligencia y libertad, y le constituyó señor del universo, como el salmista declara: Has hecho al hombre poco menor que los ángeles, le has coronado de gloria y de honor. Le diste el señorío sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto debajo de sus pies (Sal 8, 5-6).


(…) Resulta, sin embargo, sorprendente el contraste que con este orden maravilloso del universo ofrece el desorden que reina entre los individuos y entre los pueblos. Parece como si las relaciones que entre ellos existen no pudieran regirse más que por la fuerza...


(…) Entre los derechos del hombre se debe enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público. Porque, como bien enseña Lactancio, "para esto nacemos, para ofrecer a Dios, que nos crea, el justo y debido homenaje; para buscarle a Él sólo, para seguirle. Este es el vínculo de piedad que a Él nos somete y nos liga, y del cual deriva el nombre mismo de religión" (Divinae Institutiones 1.4 c.28 n.2: ML 6,535). A propósito de este punto, nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII afirma: "Esta libertad, la libertad verdadera, digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los apóstoles, la que confirmaron con sus escritos los apologistas, la que consagraron con su sangre los innumerables mártires cristianos".


(…) Tres son las notas características de nuestra época (…) En primer lugar contemplamos el avance progresivo realizado por las clases trabajadoras en lo económico y en lo social. Inició el mundo del trabajo su elevación con la reivindicación de sus derechos, principalmente en el orden económico y social. Extendieron después los trabajadores sus reivindicaciones a la esfera política. Finalmente, se orientaron al logro de las ventajas propias de una cultura más refinada…

(…) En segundo lugar, es un hecho evidente la presencia de la mujer en la vida pública. Este fenómeno se registra con mayor rapidez en los pueblos que profesan la fe cristiana, y con más lentitud, pero siempre en gran escala, en países de tradición y civilizaciones distintas…

(…) Observamos, por último, que, en la actualidad, la convivencia humana ha sufrido una total transformación en lo social y en lo político. Todos los pueblos, en efecto, han adquirido ya su libertad o están a punto de adquirirla. Por ello, en breve plazo no habrá pueblos dominadores ni pueblos dominados.


(…) El derecho de mandar constituye una exigencia del orden espiritual y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposición cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposición dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano, ya que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hech 5,29); más aún, en semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa. Así lo enseña Santo Tomás: la ley humana tiene razón de ley sólo en cuanto se ajusta a la recta razón. Y así considerada, es manifiesto que procede de la ley eterna. Pero, en cuanto se aparta de la recta razón, es una ley injusta, y así no tiene carácter de ley, sino más bien de violencia (Summa Th. I-IIq.93, a.3 ad2; cf. Pío XII, radiomensaje navideño de 1944: AAS 37 (1945) 5-23).


(…) Ahora bien, del hecho de que la autoridad proviene de Dios no debe en modo alguno deducirse que los hombres no tengan derecho a elegir los gobernantes de la nación, establecer la forma de gobierno y determinar los procedimientos y los límites en el ejercicio de la autoridad. De aquí que la doctrina que acabamos de exponer pueda conciliarse con cualquier clase de régimen auténticamente democrático.


(…) Vemos, con gran dolor, cómo en las naciones económicamente más desarrolladas se han estado fabricando, y se fabrican todavía, enormes armamentos, dedicando a su construcción una suma inmensa de energías espirituales y materiales (…) La razón que suele darse para justificar tales preparativos militares es que hoy día la paz, así dicen, no puede garantizarse si no se apoya en una paridad de armamentos. Por lo cual, tan pronto como en alguna parte se produce un aumento del poderío militar, se provoca en otras una desenfrenada competencia para aumentar también las fuerzas armadas. Y si una nación cuenta con armas atómicas, las demás procuran dotarse del mismo armamento, con igual poder destructivo…


(…) resulta innegable… que un hecho cualquiera imprevisible puede de improviso e inesperadamente provocar el incendio bélico. Y, además, aunque el poderío monstruoso de los actuales medios militares disuada hoy a los hombres de emprender una guerra, siempre se puede, sin embargo, temer que los experimentos atómicos realizados con fines bélicos, si no cesan, pongan en grave peligro toda clase de vida en nuestro planeta.


(…) Deseamos, pues, vehementemente que la Organización de las Naciones Unidas pueda ir acomodando cada vez mejor sus estructuras y medios a la amplitud y nobleza de sus objetivos. ¡Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre!, derechos que, por brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana, son universales, inviolables e inmutables.


(…) exhortamos de nuevo a nuestros hijos a participar activamente en la vida pública y colaborar en el progreso del bien común de todo el género humano y de su propia nación. Iluminados por la luz de la fe cristiana y guiados por la caridad, deben procurar con no menor esfuerzo que las instituciones de carácter económico, social, cultural o político, lejos de crear a los hombres obstáculos, les presten ayuda positiva para su personal perfeccionamiento, así en el orden natural como en el sobrenatural.


(…) Los principios hasta aquí expuestos brotan de la misma naturaleza de las cosas o proceden casi siempre de la esfera de los derechos naturales. Por ello sucede con bastante frecuencia que los católicos, en la aplicación práctica de estos principios, colaboran de múltiples maneras con los cristianos separados de esta Sede Apostólica o con otros hombres que, aun careciendo por completo de la fe cristiana, obedecen, sin embargo, a la razón y poseen un recto sentido de la moral natural.


(…) Importa distinguir siempre entre el error y el hombre que lo profesa, aunque se trate de personas que desconocen por entero la verdad o la conocen sólo a medias en el orden religioso o en el orden de la moral práctica. Porque el hombre que yerra no queda por ello despojado de su condición de hombre, ni automáticamente pierde jamás su dignidad de persona, dignidad que debe ser tenida siempre en cuenta…. Por otra parte, nunca le faltan al hombre las ayudas de la divina Providencia en esta materia. Por lo cual bien puede suceder que quien hoy carece de la luz de la fe o profesa doctrinas equivocadas, pueda mañana, iluminado por la luz divina, abrazar la verdad.


(…) En segundo lugar, es también completamente necesario distinguir entre las teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, el origen, el fin del mundo y del hombre y las corrientes de carácter económico y social, cultural o político, aunque tales corrientes tengan su origen e impulso en tales teorías filosóficas. Porque una doctrina, cuando ha sido elaborada y definida, ya no cambia. Por el contrario, las corrientes referidas, al desenvolverse en medio de condiciones mudables, se hallan sujetas por fuerza a una continua mudanza. Por lo demás, ¿quién puede negar que, en la medida en que tales corrientes se ajusten a los dictados de la recta razón y reflejen fielmente las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos moralmente positivos dignos de aprobación?


(…) En la sagrada liturgia… resuena el mismo anuncio: Cristo resucitado, presentándose en medio de sus discípulos, les saludó diciendo: «La paz sea con vosotros. Aleluya». Y los discípulos se gozaron viendo al Señor. Cristo, pues, nos ha traído la paz, nos ha dejado la paz: La paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da os la doy yo (Jn 14,27).

(…) Pidamos, pues, con instantes súplicas al divino Redentor esta paz que Él mismo nos trajo. Que Él borre de los hombres cuanto pueda poner en peligro esta paz y convierta a todos en testigos de la verdad, de la justicia y del amor fraterno. Que Él ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que les procuran una digna prosperidad, aseguren a sus compatriotas el don hermosísimo de la paz. Que, finalmente, Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz.