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jueves, 15 de marzo de 2012

Sobre el sufrimiento humano


El valor salvífico del dolor
Resumen literal de la Carta apost Salvifici doloris, Juan Pablo II, 11-II-1984.




«Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (…) «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros». La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento.
(…) El tema del sufrimiento… es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía... El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma.
La Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento… El Antiguo Testamento… une con frecuencia los sufrimientos «morales» con el dolor de determinadas partes del organismo: de los huesos, de los riñones, del hígado, de las vísceras, del corazón. En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte «física» o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo.
Se puede decir que el hombre sufre, cuando experimenta cualquier mal (…) Así pues, la realidad del sufrimiento pone una pregunta sobre la esencia del mal: ¿qué es el mal?

(…) La respuesta cristiana a esa pregunta es distinta de la que dan algunas tradiciones culturales y religiosas, que creen que la existencia es un mal del cual hay que liberarse. El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien… del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado.

Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre… aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Esta es una pregunta difícil, como lo es otra… la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?
En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva. Es conocida la historia de este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y finalmente él mismo padece una grave enfermedad. En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales —cada uno con palabras distintas— tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. En efecto, el sufrimiento —dicen— se abate siempre sobre el hombre como pena… es mandado por Dios que es absolutamente justo y encuentra la propia motivación en la justicia.
Job, sin embargo… es consciente de no haber merecido tal castigo... Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia.
En los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido está presente una invitación de su misericordia, la cual corrige para llevar a la conversión: «Los castigos no vienen para la destrucción sino para la corrección de nuestro pueblo».

Pero para poder percibir la verdadera respuesta al «por qué» del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente… Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el «por qué» del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.

Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor. Por eso Cristo reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz y cuando el mismo Pedro, durante la captura en Getsemaní, intenta defenderlo con la espada, Cristo le dice: «Vuelve tu espada a su lugar... ¿Cómo van a cumplirse las Escrituras, de que así conviene que sea?». Y además añade: «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?».
Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente. Acoge con su sufrimiento aquel interrogante que, puesto muchas veces por los hombres, ha sido expresado, en un cierto sentido, de manera radical en el Libro de Job… Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo...

La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de su resurrección.
Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo.

El sufrimiento… es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo.
Es ante todo consolador —como es evangélica e históricamente exacto— notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos.

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente: «Si alguno quiere venir en pos de mí... tome cada día su cruz» (…) La senda que lleva al Reino de los cielos es «estrecha y angosta», y Cristo la contrapone a la senda «ancha y espaciosa» que, sin embargo, «lleva a la perdición». Varias veces dijo también Cristo que sus discípulos y confesores encontrarían múltiples persecuciones; esto —como se sabe— se verificó no sólo en los primeros siglos de la vida de la Iglesia bajo el imperio romano, sino que se ha realizado y se realiza en diversos períodos de la historia y en diferentes lugares de la tierra, también en nuestros días.

El Evangelio del sufrimiento habla ante todo… del sufrimiento «por Cristo», «a causa de Cristo»… «Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros... No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán... Pero todas estas cosas las harán con vosotros por causa de mi nombre…». «Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo».

A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc. Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de su vocación.
El divino Redentor quiere penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y vértice de todos los redimidos. Como continuación de la maternidad que por obra del Espíritu Santo le había dado la vida, Cristo moribundo confirió a la siempre Virgen María una nueva maternidad —espiritual y universal— hacia todos los hombres, a fin de que cada uno, en la peregrinación de la fe, quedara, junto con María, estrechamente unido a Él hasta la cruz, y cada sufrimiento, regenerado con la fuerza de esta cruz, se convirtiera, desde la debilidad del hombre, en fuerza de Dios.

La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido «pasar de largo», con indiferencia, sino que debemos «pararnos» junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad (…) Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales.

La revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento…
Esta parábola entrará… en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme».

En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor».
Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre.

(…) Pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo.

lunes, 6 de febrero de 2012

Santos Cirilo y Metodio, copatronos de Europa


Cirilo y Metodio, modelos de evangelización
Resumen literal de la encíclica Slavorum apostoli (2-VI-1985) de Juan Pablo II en memoria de su obra evangelizadora con los eslavos.




Los apóstoles de los eslavos, santos Cirilo y Metodio, permanecen en la memoria de la Iglesia junto a la gran obra de evangelización que realizaron. Con la Carta Apostólica del 31 de diciembre de 1980[1], proclamé a los santos Cirilo y Metodio co-patronos de Europa. El documento de hace cinco años está inspirado por la firme esperanza de una superación gradual en Europa y en el mundo de todo aquello que divide a las Iglesias, a las naciones y a los pueblos. Tres circunstancias constituyeron objeto de mi oración y reflexión: El XI centenario de la Carta pontificia con la que Juan VIII, en el año 800, aprobó el uso de la lengua eslava en la Liturgia; el primer centenario de la Encíclica de León XIII, del 30 de septiembre de 1880, y el comienzo, precisamente el año 1980, del feliz y prometedor diálogo teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas en la isla de Patmos.

         Deseo recordar la vida de san Metodio, sin omitir por eso las vicisitudes de su hermano san Cirilo. La ciudad que vio nacer a los dos hermanos es la actual Salónica. Metodio era el hermano mayor que alcanzó el cargo de arconte, o sea de gobernador en una de las provincias fronterizas. Sin embargo, hacia el año 840 la abandonó para retirarse a uno de los monasterios situados en la falda del monte Olimpo –en Bitinia-, conocido bajo el nombre de Sagrada Montaña.
Su hermano Cirilo siguió con provecho estudios en Bizancio. Por sus excepcionales cualidades y conocimientos culturales y religiosos le fueron confiados, siendo todavía joven, delicadas tareas eclesiásticas. Más tarde fue enviado por el Emperador y el Patriarca a realizar una misión ante los sarracenos. Finalizada con éxito la misión, se retiró de la vida pública para reunirse con su hermano mayor y compartir con él la vida monástica.

El hecho que debía decidir totalmente el curso de su vida, fue la petición hecha por el príncipe Rastilao de la Gran Moravia al Emperador Miguel III. Cirilo y Metodio aceptan la misión. Llevan consigo los textos de la Sagrada Escritura, indispensables para la celebración de la sagrada Liturgia, preparados y traducidos por ellos mismos a la lengua paleoeslava y escritos con un nuevo alfabeto. Su itinerario pasa por Venecia donde son sometidas a público debate las primicias innovadoras de la misión. También el nuevo soberano de la Gran Moravia, el príncipe Svatopluk, se muestra contrario, oponiéndose a la Liturgia eslava e insinuando en Roma ciertas dudas sobre la ortodoxia del nuevo arzobispo.
         La acción previsora, la doctrina profunda y ortodoxa, el equilibrio, la lealtad, el celo apostólico, la magnanimidad intrépida, granjearon a Metodio el reconocimiento y la confianza de Pontífices Romanos, de Patriarcas Constatinopolitanos, de Emperadores bizantinos y de diversos Príncipes de los nuevos pueblos eslavos. Por eso, hombres y mujeres, humildes y poderosos, ricos y pobres, libres y siervos, viudas y huérfanos, extranjeros y gentes del lugar, sanos y enfermos, formaban muchedumbre que, entre lágrimas y cantos, acompañaban al sepulcro al buen Maestro y Pastor, que se había hecho «todo para todos para salvarlos a todos».

         Los hermanos Cirilo y Metodio, bizantinos de cultura, supieron hacerse apóstoles de los eslavos en el pleno sentido de la palabra. El Príncipe Rastislao testimonia en carta al Emperador Miguel III que “han llegado hasta nosotros numerosos maestros cristianos de Italia, de Grecia y de Alemania… pero nosotros no tenemos a nadie que nos guíe a la verdad y nos instruya de un modo comprensible”. Entonces es cuando Constantino y Metodio fueron invitados a partir. Para tal fin quisieron hacerse semejantes en todo a los que llevaban el Evangelio; quisieron ser parte de aquellos pueblos y compartir en todo su suerte. Precisamente por tal motivo, defendían la propia identidad bajo la presión militar y cultural del nuevo Imperio. Era a la vez el comienzo de unas divergencias más profundas entre la cristiandad oriental y la occidental. Supieron mantener siempre una recta ortodoxia y una atención coherente, tanto al depósito de la tradición como a las novedades del estilo. Se prefijaron el cometido de comprender y penetrar la lengua, las costumbres y tradiciones propias de los pueblos eslavos.
       
        Para traducir las verdades evangélicas a una nueva lengua, se preocuparon por conocer bien el mundo interior de aquellos a los que tenían intención de anunciar la Palabra de Dios. Se habían preocupado en crear un nuevo alfabeto para que las verdades pudieran ser escritas en la lengua eslava; opción generosa de identificarse con su misma vida y tradición, después de haberlas purificado e iluminado con la Revelación. No tuvieron pues miedo de usar la lengua eslava por amor a la justicia.

El cristianismo occidental, después de las migraciones de los pueblos nuevos, había amalgamado con las poblaciones latinas los grupos étnicos llegados, con la intención de unirlos, extendiendo a todos la lengua, la liturgia y la cultura latina. Uniformidad, sentimiento de fuerza y compactibilidad. Resulta a sí singular y admirable, cómo los santos hermanos no impusieran a los pueblos ni siquiera la indiscutible superioridad de la lengua griega y de la cultura bizantina, o los usos y comportamientos de la sociedad más avanzada.

Habiendo iniciado su misión por mandato de Constantinopla, buscaron fuese confirmada dirigiéndose a la Sede Apostólica de Roma, centro visible de la unidad de la Iglesia… No parece nada anacrónico ver a los santos Cirilo y Metodio auténticos precursores del ecumenismo. La ferviente solicitud demostrada por ambos por conservar la unidad entre las Iglesias, entre la Iglesia de Constantinopla y la Iglesia Romana y las iglesias nacientes, será siempre un gran mérito.

        Para la Iglesia de hoy es también muy expresivo e instructivo el método catequético y pastoral que ellos aplicaron. La Iglesia, introduciendo el reino de Dios, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, lo fomenta y asume, y al asumirlo, purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos. En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios. La catolicidad de la Iglesia, sentida como una sinfonía de las diversas liturgias en todas las lenguas del mundo, como un coro armonioso desde cualquier punto de nuestro globo, en cada momento de la historia, corresponde a la visión teológica y pastoral que inspiró su misión entre los eslavos. En Venecia, apegados a un concepto más bien angosto, eran contarios a esta visión. Recordando que Dios hace salir el sol y hace caer la lluvia sobre todos los hombres sin excepción, tres lenguas (hebreo, griego y latín) habían decidido que todos los demás pueblos y razas quedaran ciegos y sordos.
         
        La Iglesia es también católica porque sabe presentar en cada contexto humano la verdad revelada de manera que se haga accesible a los modos y a las justas aspiraciones de cada hombre y de cada pueblo. El Evangelio no lleva al empobrecimiento o desaparición de todo lo que cada hombre, pueblo y nación, y cada cultura en la historia, reconocen y realizan como bien, verdad, belleza. La catolicidad no es algo estático, fuera del dato histórico y de una uniformidad sin relieve. La catolicidad de la Iglesia se manifiesta también en la corresponsabilidad activa y en la colaboración generosa en todas partes, uniendo y elevando todo valor humano auténtico en cualquier área geográfica y en cualquier situación histórica.

         La primera evangelización de los eslavos alcanzó territorios de la Gran Moravia, abarcó regiones de la metrópoli, Moravia, Eslovaquia y Panonia, una parte de la actual Hungría. El primer príncipe histórico de Bohemia, de la dinastía de los Premyslidi, Bozyvoj (Borivoj), fue bautizado probablemente según el rito eslavo. Sin embargo desde el momento de la caída de la Gran Moravia (905 o 906 aproximadamente), a este rito le sustituyó el rito latino y Bohemia fue puesta eclesiásticamente bajo la jurisdicción del Obispo de Ratisbona y de la metrópoli de Salzburgo. Aún a mediados del siglo X, en tiempos de san Wenceslao, existía una compenetración recíproca de elementos de ambos ritos con una avanzada simbiosis de las dos lenguas usadas en la liturgia. El bautismo de Polonia fue en el año 966, en la persona del primer soberano histórico Mieszko, que se casó con la princesa bohema Dubravka, y tuvo lugar por medio de ella.

Entre los eslavos de la península Balcánica, la solicitud de los santos hermanos fructificó de modo aún más visible principalmente a través de los discípulos. Expulsados del primer territorio de actividad, la misión se consolidó y desarrolló maravillosamente en Bulgaria. Desde aquí el cristianismo pasó a otros territorios hasta llegar, a través de la vecina Rumania, a la antigua Rus’ de Kiev y se extendió luego desde Moscú hacia el Oriente. Dentro de algunos años –precisamente en el 1988- se cumplirá el milenario del bautismo de san Vladimiro el Grande, príncipe de Kiev.
         
          Su obra constituye una contribución eminente para la formación de las raíces cristianas de Europa, de las que no puede prescindir todo intento serio por recomponer de modo nuevo y actual la unidad del continente… Para nosotros, son paladines y a la vez patronos en el esfuerzo ecuménico, unión que no es absorción ni tampoco fusión… Ser cristiano significa ser artífice de comunión en la Iglesia y en la sociedad.

         Saludamos el undécimo centenario de la muerte de san Metodio que dio ejemplo de una vocación fecunda. Su glorioso tránsito en la primavera del año 885 de la Encarnación de Cristo (y según el cómputo bizantino del tiempo, en el año 6.369 de la creación del mundo), tuvo lugar en un período en que inquietantes nubes se cernían sobre Constantinopla y tensiones hostiles amenazaban cada vez más la tranquilidad y la vida de las naciones. En su catedral, rebosante de fieles de diversas estirpes, los discípulos de san Metodio tributaron un solemne homenaje al difunto Pastor por el mensaje de salvación, de paz y de reconciliación que había llevado y al que había dedicado toda su vida. Celebraron un oficio sagrado en latín, griego y eslavo.
         
         Oh Dios grande, uno en la Trinidad, yo te entrego el legado de la fe de las naciones eslavas: conserva y bendice esta obra tuya… Es indispensable remontarse al pasado para comprender, bajo su luz, la realidad actual y vislumbrar el mañana. ¡El futuro! Por más que pueda aparecer humanamente grávido de amenazas e incertidumbres, lo ponemos con confianza en tus manos, Padre celestial, invocando la intercesión de la Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia; y también la de tus apóstoles Pedro y Pablo y la de los santos Benito, Cirilo, Metodio, la de Agustín y Bonifacio, y la de todos los evangelizadores de Europa... Amén.


[1] Egregiae virtutis.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Sobre el apostolado del cristiano

Remar mar adentro
Resumen literal de la Carta apostólica El nuevo milenio(Novo millennio ineunte) de Juan Pablo II, 6 enero 2001.




La entrada en un nuevo milenio ha favorecido ciertamente,sin ceder a fantasías milenaristas, la percepción del misterio de Cristo en elhorizonte de la historia de la salvación. Contemplado en su misterio divino yhumano, Cristo es el fundamento y el centro de la historia, de la cual es elsentido y la meta última. Y contemplando a Cristo, hemos adorado al Padre y alEspíritu, la única e indivisible Trinidad.

Con mirada más pura, no sólo cada uno individualmente,también toda la Iglesia ha querido recordar las infidelidades con las cualestantos hijos suyos, a lo largo de la historia, han ensombrecido su rostro. Examende conciencia, conscientes de que la Iglesia es santa y a la vez tienenecesidad de purificación[1]. Estapurificación de la memoria ha reforzado nuestros pasos en el camino hacia elfuturo, haciéndonos más humildes. Sin embargo la viva conciencia penitencial nonos ha impedido dar gloria al Señor por todo lo que ha obrado a lo largo de lossiglos y especialmente concediendo a su Iglesia una gran multitud de santos yde mártires. La santidad se ha manifestado más que nunca; la santidadrepresenta en vivo el rostro de Cristo.

Ahora tenemos que mirar hacia delante, debemos “remarmar adentro”, confiando en la palabra de Cristo: Duc in altum!, experimentadoen iniciativas concretas. Es importante que lo que nos propongamos, con laayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro esun tiempo de activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Tenemos queresistir esta tentación.

Queremos ver a Jesús”(Jn 12,21): como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres denuestro tiempo, quizá no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoyno sólo “hablar” de Cristo. Nosotros hemos de ser los primeros contempladoresde su rostro. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en loque de él dice la Sagrada Escritura. En realidad los Evangelios no pretendenser una biografía completa de Jesús. Bajo la acción del Espíritu Santo,descubren el dato humanamente desconcertante del nacimiento virginal de Jesúsde María, esposa de José; recogen los datos sobre su vida de “hijo delcarpintero”; hablan de su religiosidad; nos lo presentan en camino por ciudadesy aldeas. Coinciden además en mostrar la creciente tensión que hay entre Jesúsy los grupos dominantes de la sociedad religiosa de su tiempo, hasta la crisisfinal que tiene su epílogo dramático en el Gólgota, a la que seguirá una nueva,radiante y definitiva aurora. Señalan la tumba vacía, lo experimentan vivo yradiante.
¡Éles el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vananuestra fe (cf 1Cor 15,14). La resurrección fue la respuesta del Padre. LaIglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro.Lo hace unida a Pablo. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla sutesoro y su alegría. Animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciara Cristo al mundo.

Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotrosnos planteamos “¿Qué hemos de hacer,hermanos?” (Hch 2,37). El programa ya existe. Es el de siempre, recogido enel Evangelio y en la Tradición viva. En primer lugar, no dudo en decir que laperspectiva es la de la santidad. Conviene descubrir el capítulo V de Lumen gentium dedicado a la “vocación universala la santidad”. Este don de santidad se da a cada bautizado. Es un compromisoque no sólo afecta a algunos cristianos. Sería un contrasentido contentarse conuna vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidadsuperficial. Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como siimplicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos“genios”.

Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración… Es preciso aprender a orar; es el secreto de un cristianismo realmente vital. Hoy se detecta una difusa exigencia de espiritualidad, una renovada necesidad de orar. También las otras religiones ofrecen sus propias respuestas a esta necesidad. La oración es verdadero y propio diálogo de amor con Cristo y no se expresa solamente en petición de ayuda. Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial. Serían cristianos mediocres, “cristianos con riesgo” que quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos y transigiendo incluso conformas extravagantes de superstición.

Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos. La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. “Maestro, hemos bregado toda la noche y no hemos cogido nada” (Lc 5,5). Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios y de decir: “En tu nombre, echaré las redes” (ib).

El compromiso de la evangelización es indudablemente una prioridad. Ha pasado ya la situación de una “sociedad cristiana”. Hoy se ha de afrontar la nueva evangelización y hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, el ardor de después de Pentecostés. Esta pasión no podrá ser delegada a unos pocos “especialistas”. Es necesario un compromiso cotidiano. Esto debe hacerse respetando debidamente cada persona y atendiendo a las diversas culturas de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo.

“En esto conocerán todos que sois discípulos míos…” (Jn 13,35) es el mandamiento del amor que él nos dio. Si faltara la caridad, todo sería inútil.

Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos a tomar conciencia de la propia responsabilidad. Se ha de hacer un generoso esfuerzo, sobre todo con la oración insistente, al Dueño de la mies (cf Mt 9,38) en la promoción de las vocaciones. En particular es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos. Tiene gran importancia el deber de promover las diversas realidades de asociación, los nuevos movimientos eclesiales, auténtica primavera del Espíritu.
Una atención especial se ha de prestar también a la pastoral de la familia. Que las familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana.

Si verdaderamente hemos partido de la contemplación del rostro de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse. Que nadie quede excluido de nuestro amor, atendiendo a cuantos recurrían a él para toda clase de necesidades espirituales y materiales.
Las nuevas pobrezas afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos pero expuestos al sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono, a la marginación o a la discriminación social. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados. Es la hora de una nueva “imaginación de la caridad” no como limosna humillante. Tenemos que actuar de tal manera que los pobres se sientan como “en su casa”.

¿Podemos quedar al margen ante las perspectivas de un desequilibrio ecológico, ante los problemas de la paz, frente al vilipendio de los derechos humanos fundamentales de tantas personas? Me refiero al deber de comprometerse en la defensa del respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural. Las nuevas potencialidades de la ciencia nunca han de ignorar las exigencias de la ética. Es importante hacer un gran esfuerzo para explicar los motivos de las posiciones de la Iglesia; no se trata de imponer, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano.

Obviamente todo esto tiene que realizarse con un estilo específicamente cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación, quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las comunidades cristianas a agencias sociales. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista. Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: “El mensaje cristiano no aparta los hombres de la tarea de la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber[2].

Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad, pero es posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia.
En esta perspectiva se sitúa también el gran desafío del diálogo interreligioso… en la situación de un marcado pluralismo cultural y religioso. Es importante proponer una firme base de paz y alejar el espectro funesto de las guerras de religión. El diálogo es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno, íntimamente dispuestos a la escucha. También diálogo cristiano con las filosofías, las culturas y las religiones. No es raro que el Espíritu de Dios suscite signos de su presencia que ayudan a los mismos discípulos de Cristo acomprender más profundamente el mensaje. La Iglesia reconoce que no sólo ha dado, sino que también ha recibido de la historia y del desarrollo del género humano.

A medida que pasan los años, aquellos textos del Concilio Vaticano II no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos, que sean conocidos y asimilados. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino.
¡Caminemos con esperanza! El Cristo contemplado y amado ahora, nos invita una vez más a ponernos en camino: “Id pues y haced discípulos a todas las gentes…” (Mt 28,19). Tengamos el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos, pues tenemos la fuerza del mismo Espíritu que fue enviado en Pentecostés. Nuestra andadura debe hacerse más rápida al recorrer los senderos del mundo. Cada domingo Cristo resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo para iniciarnos en la gran aventura de la evangelización. Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, “Estrella de la nueva evangelización”. “Mujer, he aquí a tus hijos”, le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf Jn 19,26) y haciéndome voz, ante ella, del cariño de toda la Iglesia.
No volvamos a un anodino día a día. Al contrario, desentumecer nuestras piernas, imitar la intrepidez del apóstol Pablo, imitar la contemplación de María. Que Jesús resucitado, como a los discípulos de Emaús, nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos para llevarles el gran anuncio: “¡Hemos visto al Señor!” (Jn 20,25).


[1] Lumen gentium, 8.
[2] Gaudium et spes, 34.

viernes, 22 de julio de 2011

Sobre los laicos

El papel de los fieles laicos

Resumen literal de la Ex. Ap. Christifideles laici, sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (cap. V) de Juan Pablo II (30-X-1988).

Los fieles laicos no son simplemente los obreros sino que forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5), dice Jesús. El Concilio se abrió a una visión decididamente positiva de los fieles laicos y el carácter peculiar de su vocación[1]. Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana»[2]. Los fieles laicos ¾al igual que todos los miembros de la Iglesia¾ son sarmientos radicados en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana. Por el santo bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22). El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo «unge» al bautizado y puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar…» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2): el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador.

El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad[3], insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1Pt 1, 15).

La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas: «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida»[4]. A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo»[5]. Dice san Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias; hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...) Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».

La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mi como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión. En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso.

De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así nos lo recuerda María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual» y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto son ocasiones providenciales para un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad. El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida: «La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época»[6].

Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado (pero) se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal, un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, y particularmente el crecimiento personal en los valores humanos.

La formación cristiana encuentra su raíz y su fuerza en Dios, se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en sus distintas articulaciones y manifestaciones, a través de las Iglesias particulares. Dentro de la Iglesia particular o diócesis, dentro de algunas parroquias, puede servir una catequesis postbautismal a modo de catecumenado.

También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», las escuelas y universidades católicas y los centros de renovación espiritual. Hay que preparar fieles laicos que se dediquen a la acción educativa y a promover para todos una verdadera libertad de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil. Es de particular importancia la investigación científica y técnica. También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su lugar en la formación, cada uno con sus propios métodos, y pueden completar, concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas y comunidades.

La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un deber de todos. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.

Id también vosotros a mi viña” es el llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres. Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinaria dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Esta «novedad cristiana» constituye para todos la raíz de su participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, según la «índole secular» que es «propia y peculiar» de ellos.

Según la parábola evangélica, el «dueño de casa» llama a los obreros a su viña a distintas horas de la jornada (cf. Mt 20, 1 ss.). San Gregorio Magno interpreta las diversas horas en relación con las edades de la vida. «La mañana puede representar ciertamente la infancia. Después la tercera hora se puede entender como la adolescencia. La sexta hora es la juventud. La ancianidad representa la hora novena»[7]. Todas y cada una llamadas a trabajar en el advenimiento del Reino de Dios, según la diversidad de vocaciones y situaciones, carismas y funciones; variedad que hace más viva y concreta la riqueza de la Iglesia. En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo, que el mundo actual tiene una gran necesidad.

Es indudable que ¾en virtud del Bautismo y de la Confirmación¾ la mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple oficio de Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia con su vocación femenina. Como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el comportamiento de nuestro Señor, ni la llamada por Él dirigida a las mujeres, sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la mujer en la misión evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana»[8]. El nuevo Código de Derecho Canónico contiene múltiples disposiciones que exigen ser más ampliamente conocidas, y puestas en práctica con mayor tempestividad y determinación. En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser propuestas a la atención de todos. En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida matrimonial y a la maternidad. Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura. En todas las dimensiones de la vida, desde la dimensión socio-económica a la socio-política, deben ser respetadas y promovidas la dignidad personal de la mujer y su específica vocación garantizadas por las justas leyes civiles.

El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año Mariano, ha confiado sus trabajos a la intercesión de María Santísima, Madre del Redentor. «Con alegría y admiración nos unimos a tu Magníficat, damos gracias a Dios, “cuya misericordia se extiende de generación en generación”, por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos por su nombre llamados por Dios a irradiar la luz de Cristo y a comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo.


[1] Cf Lumen gentium, 31.

[2] Pío XII. Discurso a los nuevos Cardenales, 20 febrero 1946.

[3] Cf Lumen gentium, cap. V, 39-42.

[4] Dec. Apostolicam actuositatem, 4.

[5] Padres sinodales. Propositio, 5.

[6] Gaudium et spes, 43; Ad gentes, 21; Evangelio nuntiandi, 20.

[7] Hom. In Evang. I, XIX, 2: PL 76, 1155.

[8] Discurso al Comité de organización del Año Internacional de la Mujer, 18 abril 1975.

jueves, 14 de julio de 2011

Sobre la mujer

Sobre la dignidad de la mujer

Resumen literal de la carta ap. sobre la dignidad de la mujer y su vocación (Mulieris dignitatem) de Juan Pablo II (15-VIII-1988, año mariano).

La dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular. «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora». Las palabras de este Mensaje resumen lo que ya se había expresado en el Concilio Vaticano II. Similares tomas de posición habían manifestado Pío XII y Juan XXIII. Después del Concilio, Pablo VI expresó también el alcance de este «signo de los tiempos»; decía: «En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades».

Es necesario comprender la razón y las consecuencias de la decisión del Creador que ha hecho que el ser humano no pueda existir sólo como mujer o como varón. La eterna verdad sobre el ser humano, hombre y mujer, es un misterio que sólo en el «Verbo encarnado encuentra verdadera luz (...). Cristo desvela plenamente el hombre al hombre y le hace consciente de su altísima vocación», como enseña el Concilio. El Hijo, Verbo consubstancial al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega «la plenitud de los tiempos». Este acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia del hombre en la tierra, entendida como historia de la salvación. «Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana… Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los distintos pueblos una cierta percepción… a veces casi como «caminando a tientas» (cf. Act 17,27). Como hombre «nacido de mujer», constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad.

«Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gen 1, 27). Ambos son seres humanos en el mismo grado. El hombre ¾ya sea hombre o mujer¾ es persona igualmente. En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios «de la costilla» del hombre y es puesta como otro «yo», es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una «ayuda» adecuada a él.

Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro «yo». Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La doctrina revelada sobre el pecado «original» desvela lo que hay que llamar «el misterio del mal» en el mundo. El pecado provoca la ruptura de la unidad originaria, de la que gozaba el hombre y la mujer. La alteración de aquella originaria relación es amenaza más grave para la mujer. La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina y en los diversos campos de la convivencia social se encuentra en desventaja o discriminada por el hecho de ser mujer. Situaciones que, siendo objetivamente dañinas, es decir injustas, contienen y expresan la herencia del pecado que todos los seres humanos llevan en sí.

La justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «el te dominará» (Gen 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» en contra de su propia «originalidad» femenina. Se trata de una riqueza enorme. Los recursos personales de la feminidad son sólo diferentes.

En Jesucristo reconocemos sus actitudes hacia las mujeres; es sumamente sencillo y extraordinario si se considera el ambiente de su tiempo. Es algo universalmente admitido ¾incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano¾ que Cristo fue el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad. A veces esto provocaba estupor, sorpresa, incluso llegaba hasta el límite del escándalo; «se sorprendían» los mismos discípulos de Cristo.

¡Qué significativo es el coloquio sobre el derecho «masculino» a «repudiar a la propia mujer por un motivo cualquiera» (Mt 19, 3)! y, consiguientemente, Cristo se refería también al derecho de la mujer a su justa posición en el matrimonio, a su dignidad. Jesús apela al «principio», a aquel designio divino.

Recorriendo las páginas del Evangelio pasan ante nuestros ojos un gran número de mujeres, de diversa edad y condición. A veces las mujeres lo acompañaban con los apóstoles por las ciudades y los pueblos anunciando el Evangelio del Reino de Dios; algunas de ellas «le asistían con sus bienes»: Juana, mujer del administrador de Herodes, Susana y «otras muchas» (cf. Lc 8, 1-3). Otras mujeres aparecen en las parábolas.

En Jesús no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. Conoce la dignidad del hombre, el valor que tiene a los ojos de Dios. De esta manera todo tiene su plena explicación.

Junto a Cristo se descubren a sí mismas en la verdad (y) se sienten «liberadas», reintegradas, amadas; su posición social se transforma. En el pozo de Siquem estamos ante un acontecimiento sin precedentes (cf. Jn 4, 39-42), insólito si se tiene en cuenta el modo usual con que trataban a las mujeres los que enseñaban en Israel. Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan «femenina», y ¾como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)¾ también admiración.

En el momento de la prueba definitiva y decisiva, a los pies de la Cruz estaban en primer lugar las mujeres que se mostraron más fuertes que los apóstoles. La mujer demuestra una sensibilidad especial, que encuentra confirmación particular también el día de la resurrección. Las mujeres son las primeras en llegar al sepulcro. Son las primeras que lo encuentran vacío. Son las primeras que oyen: «No está aquí, ha resucitado como lo había anunciado» (Mt 28, 6). Son igualmente las primeras en ser llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles (cf. Mt 28, 1-10; Lc 24, 8-11): «Vete donde mis hermanos y dilesFue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20, 16-18). Por esto ha sido llamada «la apóstol de los apóstoles». Jesús confiaba a las mujeres las verdades divinas, lo mismo que a los hombres.

Confirma y aclara el Espíritu Santo la verdad sobre la igualdad de ambos ¾hombre y mujer¾, esencial «igualdad»; el hecho de ser hombre o mujer no comporta aquí ninguna limitación en el orden sobrenatural de la gracia santificante: que «profeticen vuestros hijos» al igual que «vuestras hijas». La «igualdad» evangélica, constituye la base más evidente de la dignidad y vocación de la mujer en la Iglesia y en el mundo.

La maternidad expresa una creatividad muy importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad. «Pondré enemistad entre ti y la mujer», Dios inicia en María, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad, la Alianza eterna y definitiva en Cristo. También la maternidad de cada mujer, vista a la luz del Evangelio, no es solamente «de la carne y de la sangre»; indica la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual.

En las enseñanzas de Cristo la maternidad está unida a la virginidad, aunque son cosas distintas. El celibato por el Reino de los cielos es una gracia especial por parte de Dios, que llama. Es un signo especial del Reino de Dios que ha de venir, al mismo tiempo sirve para dedicar a este Reino escatológico todas las energías del alma y del cuerpo de un modo exclusivo, durante la vida temporal.

Ya desde los comienzos del cristianismo hombres y mujeres se han orientado por este camino. Dejarlo todo y seguir a Cristo (cf. Mt 19, 27) no puede compararse con el simple quedarse soltera o célibe. La virginidad comporta la renuncia al matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física, sin embargo se abre a la maternidad «según el espíritu» (cf. Rom 8, 4) que no priva a la mujer de sus prerrogativas y reviste formas múltiples.

«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla» (Ef 5, 25-26). El texto recoge plenamente todo lo que constituye «el estilo» de Cristo al tratar a la mujer. El marido tendría que hacer suyos los elementos de este estilo con su esposa; y, de modo análogo, debería hacerlo el hombre, en cualquier situación, con la mujer.

El Apóstol escribió que: «En Jesucristo (...) no hay ya hombre ni mujer… no hay esclavo ni libre». Y ¡cuántas generaciones han sido necesarias para que, en la historia de la humanidad, este principio se llevara a la práctica con la abolición de la esclavitud! Y ¿Qué decir de tantas formas de esclavitud a las que están sometidos hombres y pueblos, y que todavía no han desaparecido de la escena de la historia? El desafío de la redención es interpretar una sumisión recíproca de ambos en el «temor de Cristo».

En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres, que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida «eras asiduas en la oración» juntamente con los Apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de «hijos e hijas» del Pueblo de Dios cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (cf. Act 2, 17). Aquellas mujeres y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. En cada época y en cada país encontramos numerosas mujeres «perfectas» (cf. Prov 31, 10) que han participado en la misión de la Iglesia.

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. En este sentido, sobre todo el momento presente, espera la manifestación de aquel «genio» de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10), dice Jesús a la samaritana: don de Dios que El, creador y redentor, confía a la mujer, a toda mujer. La Iglesia ora para que todas las mujeres hallen su «vocación suprema».

lunes, 11 de julio de 2011

Sobre la virtud de la justicia

Sobre la justicia social

Resumen literal de la Enc. Centessimus annus (a los cien años) de Juan Pablo II (1-V-1991).

En el centenario de la encíclica de León XIII Rerum novarum (15 mayo 1891) hago un “relectura” para descubrir de nuevo la riqueza de sus principios fundamentales con una mirada alrededor cuando se vislumbra el tercer milenio cargado de incógnitas y promesas.

Se confirma el valor permanente de la doctrina social de la Iglesia y se manifiesta el sentido de la Tradición siempre viva. Es un tesoro que contiene “cosas viejas”, recibidas y que permite descubrir las “cosas nuevas” de la Iglesia y del mundo. Se incorpora a la Tradición la actividad fecunda de millones y millones de hombres que, actuando individual o coordinados en grupos, son un gran movimiento para la defensa de la persona humana y su dignidad.

A finales del siglo pasado había un proceso histórico en su punto álgido con cambios radicales ante una nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo. Había aparecido una nueva forma de propiedad, el capital, y una nueva forma de trabajo, el asalariado. El trabajo se convertía en mercancía que podía comprarse y venderse libremente en el mercado sin tener en cuenta el mínimo vital para el sustento del trabajador y su familia. Amenazaba el desempleo y el espectro de morir de hambre.

La sociedad estaba dividida en dos clases separadas por un abismo profundo y se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad social y el peligro de una revolución.

León XIII encontró en su tiempo ansia de novedades y ganas de cambiarlo todo. En el conflicto entre el capital y el trabajo, se contraponían, como si fueran “lobos”, unos hombres contra otros. Prevalecía una doble tendencia: una, orientada hacia este mundo y esta vida, extraña a la fe; la otra, dirigida a una salvación puramente ultraterrena que no iluminaba ni orientaba su presencia en la tierra. Enseñar y difundir la doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia y forma parte esencial del mensaje cristiano. Esta doctrina se encuadra en el trabajo cotidiano y en la lucha por la justicia. La nueva evangelización, que es una urgente necesidad, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social pues no existe verdadera solución fuera del Evangelio.

León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. Calificó el trabajo como algo “personal” pues el hombre se expresa y se realiza trabajando. Afirmaba otros derechos de la persona: el natural de asociación, v.gr. los sindicatos que frenan los abusos capitalistas.

Su rica enseñanza abarcaba las relaciones entre el Estado y los ciudadanos criticando los dos sistemas: el “socialismo”, que niega la propiedad privada, y el “liberalismo” que favorece a unos pocos, la parte rica y próspera.

El error “socialista” es considerar al hombre como simple elemento o molécula subordinado al funcionamiento del mecanismo socio-económico, sin responsabilidad. Desaparece el concepto de persona. La concepción cristiana de la persona tiene una justa visión de la sociedad. La socialidad del hombre no se agota en el Estado sino que se realiza en los grupos intermedios.

La causa principal del error “socialista” es el ateísmo. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona. Del ateísmo brotan los medios de acción propios del “socialismo” que es la “lucha de clases”. Ese Papa no condena todas y cada una de las formas de conflictividad y en Laborens exercens he reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como “lucha por la justicia”. Se condena la “lucha de clases” porque se niega a respetar la dignidad de la persona en el otro y se aplica la doctrina de la “guerra total”, que el militarismo y el imperialismo imponían en aquella época, que busca el absoluto predominio destruyendo toda la resistencia del adversario sin excluir el uso de la mentira, el terror y las armas de destrucción masiva.

Un error de mayor alcance es concebir la libertad apartada de la obediencia a la verdad y del deber de respetar los derechos de los demás. Así, la libertad es amor propio que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia. Este error llevó a las dos guerras (del 14-17 y del 39-45) originadas por una terrible carga de odio y rencor acumulada por tanta injusticia y que hizo tan crueles esas guerras en las que no se dudó en violar los derechos humanos más sagrados y se realizó el exterminio de pueblos y grupos sociales enteros.

Después de 1945, en Europa se han cayado las armas pero no se han superado las causas; es una situación de no guerra, de no verdadera paz. El progreso científico y técnico se convierte en instrumento de guerra para producir armas cada vez más perfeccionadas y destructivas. Los grupos extremistas son armados y adiestrados para la guerra. Se militarizan muchos países del Tercer Mundo, se difunde el terrorismo mientras se cierne una guerra atómica, capaz de acabar con la humanidad.

Algunos países buscan reconstruir una sociedad democrática para desterrar el potencial revolucionario comunista pero sólo consideran mantener el libre mercado, la estabilidad monetaria y la seguridad de las relaciones sociales para un crecimiento estable y sano. Se trata de evitar que el mercado sea el único punto de referencia; se requiere un control público que vele por el destino universal de los bienes.

Como ya expuse en Sollicitudo rei socialis, el alcance de los inesperados y prometedores acontecimientos de 1989 en Europa central y oriental, es culminación de lo ocurrido con la caída de ciertos regímenes dictatoriales y de opresión en países de América Latina, África y Asia. La ayuda de la Iglesia ha sido decisiva afirmando con sencillez y energía la dignidad del hombre, imagen de Dios.

El hombre ha sido creado para la libertad pero lleva dentro la herida del pecado original que le hace capaz del mal. No se puede creer poseer el secreto de la organización social perfecta que haga imposible el mal. Entonces se convierte la política en religión secular y se cree ilusoriamente poder lograr el paraíso olvidándose de la parábola del trigo y la cizaña. Solamente al final de los tiempos volverá el Señor en su gloria para instaurar los cielos nuevos y la tierra nueva. Ahora, en el tiempo, es imperfecto y provisional pero el Reino de Dios ilumina el orden de la sociedad humana. Es una labor de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los seglares.

El desarrollo no es exclusivamente económico. El punto culminante es el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Reconocer estos derechos es el fundamento de todo ordenamiento político que evitará que recobren vigor antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo. Se ha de evitar la excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios que provocan de manera desenfrenada los instintos y el goce inmediato. Hay que evitar nuevas formas de fundamentalismo religioso que velada o abiertamente niegan a los ciudadanos, de credos diversos de los de la mayoría, el ejercicio de los derechos civiles y religiosos.

Es preocupante la cuestión ecológica: la insensata destrucción del ambiente natural. Suplantar a Dios supone tiranizar la naturaleza en vez de gobernarla. Es mezquindad o estrechez de miras y falta de la actitud desinteresada, gratuita y estética que nace del asombro por el ser y por la belleza.

Más grave aún es la destrucción irracional del ambiente humano. Hay que salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”: respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado el hombre. Hay que mencionar el moderno urbanismo. Hay estructuras concretas de pecado que hay que demoler y sustituir por formas auténticas, con valentía y paciencia. La familia, basada en el matrimonio del hombre y la mujer, es la primera estructura fundamental de la “ecología humana”.

Caído el socialismo, el vencedor (el capitalismo) no tiene vía libre. Del capitalismo es absolutamente negativa su postura con la libertad que no quiere encuadrar en un sólido contexto jurídico. El fracaso del sistema comunista elimina obstáculos pero existe el riesgo de la ideología capitalista radical en su forma fideísta.

La Iglesia no tiene modelos que proponer. Reconoce la positividad del mercado y de la empresa pero al mismo tiempo indica que han de estar orientados hacia el bien común. La empresa no es sólo una “sociedad de capitales” sino una “sociedad de personas” que aportan el capital necesario. La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone el derecho al trabajo en que se basa la justa paz social.

La Iglesia aprecia la democracia si asegura la participación y la corresponsabilidad de los ciudadanos. La auténtica democracia sólo es posible en un Estado de derecho que promociona a la persona con la educación y la formación en los verdaderos ideales. La democracia sin valores es un totalitarismo visible o encubierto. No hay que cerrar los ojos ante el fanatismo y fundamentalismo de quienes imponen a los demás su concepción. La verdad cristiana no es ideológica y reconoce que la vida se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas; utiliza el método propio del respeto de la libertad. Así el cristiano propone dialogando con los demás hombres, atento a la parte de verdad que encuentra en los demás, aunque sin renunciar a afirmar todo lo que ha recibido de la fe y del uso correcto de la razón.

Tras la caída del totalitarismo comunista, hay un ideal democrático que debe reformarse para fundamentar sus ordenamientos en el reconocimiento explícito de los derechos humanos: derecho a la vida, derecho a vivir en familia unida, derecho a madurar la inteligencia y la libertad, derecho a participar en el trabajo; derecho a la libertad religiosa. No siempre son respetados como ocurre allí donde se ve el escándalo del aborto y donde los interrogantes que plantea la sociedad son examinados con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen.

Nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte de otro; esto es muy importante para la solución a la alternativa de la guerra. El ingente poder de medios de destrucción hace imposible limitar las consecuencias de un conflicto. Benedicto XV y sus sucesores, y yo tras la dramática guerra del Golfo Pérsico, hemos gritado: ¡Nunca más la guerra! Ha llegado el tiempo en que el imperio de la ley sustituya a la venganza y a la represalia. En la raíz de la guerra hay, en general, reales y graves razones. Pero el nombre de la paz es el desarrollo (Pablo VI, Populorum progresio, 76-77), tanto a nivel interno como a nivel internacional. Se requiere una concertación mundial para el desarrollo que comporta importantes cambios en los estilos de vida, poner fin al despilfarro de los recursos y valoración de los nuevos bienes materiales y espirituales, frutos del trabajo.

En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado su pensamiento, no para recuperar privilegios del pasado o para imponer su propia concepción. Su única finalidad es el hombre que, como recuerda el concilio Vaticano II, es la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la que tiene un proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna (cf Redemptor hominis, 13). Cada hombre es el camino de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo (cf Redemptor hominis, 14).

Para ejercitar la justicia se requiere el don de la gracia de Dios en colaboración con la libertad de los hombres.

Los grandes problemas se resuelven con la colaboración de todas las fuerzas. El liberalismo y el marxismo rechazan esta colaboración. La solución es un esfuerzo de todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia ofrece esta colaboración y tiene la esperanza fundada en ese grupo numeroso de personas que no profesan una religión pero que pueden contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social (cf Sollicitudo rei socialis, 38). En Sollicitudo rei socialis he hecho una llamada a las Iglesias cristianas y a todas las grandes religiones del mundo invitándolas a ofrecer su testimonio; estoy persuadido.

El cristiano sabe que la novedad que esperamos en plenitud a la vuelta del Señor, está presente ya desde la creación del mundo, y precisamente desde que Dios se ha hecho hombre en Cristo Jesús. María, la Madre del Redentor, permanece junto a Cristo en su camino hacia los hombres y con los hombres.