jueves, 15 de marzo de 2012
Sobre el sufrimiento humano
lunes, 6 de febrero de 2012
Santos Cirilo y Metodio, copatronos de Europa
sábado, 3 de septiembre de 2011
Sobre el apostolado del cristiano
viernes, 22 de julio de 2011
Sobre los laicos
El papel de los fieles laicos
Resumen literal de la Ex. Ap. Christifideles laici, sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (cap. V) de Juan Pablo II (30-X-1988).
Los fieles laicos no son simplemente los obreros sino que forman parte de la viña misma: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5), dice Jesús. El Concilio se abrió a una visión decididamente positiva de los fieles laicos y el carácter peculiar de su vocación[1]. Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana»[2]. Los fieles laicos ¾al igual que todos los miembros de la Iglesia¾ son sarmientos radicados en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana. Por el santo bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22). El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo «unge» al bautizado y puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar…» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2): el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad[3], insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia. Es urgente, hoy más que nunca, que todos los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica, acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la conducta» (1Pt 1, 15).
La vocación de los fieles laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas: «Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo ajeno a la orientación espiritual de la vida»[4]. A su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con Dios en Cristo»[5]. Dice san Agustín: «¡Alegrémonos y demos gracias; hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...) Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».
La vitalidad de los sarmientos está unida a su permanecer radicados en la vid, que es Jesucristo: «El que permanece en mi como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). La formación de los fieles laicos tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión. En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que «a sus ovejas las llama a cada una por su nombre» (Jn 10, 3). Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual, la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está inmerso.
De todos modos, no se trata sólo de saber lo que Dios quiere de cada uno de nosotros en las diversas situaciones de la vida. Es necesario hacer lo que Dios quiere: así nos lo recuerda María, la Madre de Jesús, dirigiéndose a los sirvientes de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). En su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual» y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. Toda actividad, toda situación, todo esfuerzo concreto son ocasiones providenciales para un continuo ejercicio de la fe, de la esperanza y de la caridad. El Concilio Vaticano II ha invitado a todos los fieles laicos a esta unidad de vida: «La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época»[6].
Sin duda la formación espiritual ha de ocupar un puesto privilegiado (pero) se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal, un conocimiento más exacto de la doctrina social de la Iglesia, y particularmente el crecimiento personal en los valores humanos.
La formación cristiana encuentra su raíz y su fuerza en Dios, se revela y cumple en Jesús, el Maestro, y toca desde dentro el corazón de cada hombre gracias a la presencia dinámica del Espíritu. La Iglesia madre está llamada a tomar parte en sus distintas articulaciones y manifestaciones, a través de las Iglesias particulares. Dentro de la Iglesia particular o diócesis, dentro de algunas parroquias, puede servir una catequesis postbautismal a modo de catecumenado.
También la familia cristiana, en cuanto «Iglesia doméstica», las escuelas y universidades católicas y los centros de renovación espiritual. Hay que preparar fieles laicos que se dediquen a la acción educativa y a promover para todos una verdadera libertad de educación, incluso mediante una adecuada legislación civil. Es de particular importancia la investigación científica y técnica. También los grupos, las asociaciones y los movimientos tienen su lugar en la formación, cada uno con sus propios métodos, y pueden completar, concretar y especificar la formación que sus miembros reciben de otras personas y comunidades.
La formación no es el privilegio de algunos, sino un derecho y un deber de todos. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás.
“Id también vosotros a mi viña” es el llamamiento de Nuestro Señor Jesucristo dirigido a todos, y, en particular, a los fieles laicos, hombres y mujeres. Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinaria dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo. Esta «novedad cristiana» constituye para todos la raíz de su participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, según la «índole secular» que es «propia y peculiar» de ellos.
Según la parábola evangélica, el «dueño de casa» llama a los obreros a su viña a distintas horas de la jornada (cf. Mt 20, 1 ss.). San Gregorio Magno interpreta las diversas horas en relación con las edades de la vida. «La mañana puede representar ciertamente la infancia. Después la tercera hora se puede entender como la adolescencia. La sexta hora es la juventud. La ancianidad representa la hora novena»[7]. Todas y cada una llamadas a trabajar en el advenimiento del Reino de Dios, según la diversidad de vocaciones y situaciones, carismas y funciones; variedad que hace más viva y concreta la riqueza de la Iglesia. En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo, que el mundo actual tiene una gran necesidad.
Es indudable que ¾en virtud del Bautismo y de la Confirmación¾ la mujer, lo mismo que el varón, es hecha partícipe del triple oficio de Jesucristo Sacerdote, Profeta, Rey; y, por tanto, está habilitada y comprometida en el apostolado fundamental de la Iglesia con su vocación femenina. Como ya decía Pablo VI, si «nosotros no podemos cambiar el comportamiento de nuestro Señor, ni la llamada por Él dirigida a las mujeres, sin embargo debemos reconocer y promover el papel de la mujer en la misión evangelizadora y en la vida de la comunidad cristiana»[8]. El nuevo Código de Derecho Canónico contiene múltiples disposiciones que exigen ser más ampliamente conocidas, y puestas en práctica con mayor tempestividad y determinación. En particular, dos grandes tareas confiadas a la mujer merecen ser propuestas a la atención de todos. En primer lugar, la responsabilidad de dar plena dignidad a la vida matrimonial y a la maternidad. Después, la tarea de asegurar la dimensión moral de la cultura. En todas las dimensiones de la vida, desde la dimensión socio-económica a la socio-política, deben ser respetadas y promovidas la dignidad personal de la mujer y su específica vocación garantizadas por las justas leyes civiles.
El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre durante el Año Mariano, ha confiado sus trabajos a la intercesión de María Santísima, Madre del Redentor. «Con alegría y admiración nos unimos a tu Magníficat, damos gracias a Dios, “cuya misericordia se extiende de generación en generación”, por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos por su nombre llamados por Dios a irradiar la luz de Cristo y a comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo.
[1] Cf Lumen gentium, 31.
[2] Pío XII. Discurso a los nuevos Cardenales, 20 febrero 1946.
[3] Cf Lumen gentium, cap. V, 39-42.
[4] Dec. Apostolicam actuositatem, 4.
[5] Padres sinodales. Propositio, 5.
[6] Gaudium et spes, 43; Ad gentes, 21; Evangelio nuntiandi, 20.
[7] Hom. In Evang. I, XIX, 2: PL 76, 1155.
[8] Discurso al Comité de organización del Año Internacional de la Mujer, 18 abril 1975.
jueves, 14 de julio de 2011
Sobre la mujer
Sobre la dignidad de la mujer
Resumen literal de la carta ap. sobre la dignidad de la mujer y su vocación (Mulieris dignitatem) de Juan Pablo II (15-VIII-1988, año mariano).
La dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular. «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora». Las palabras de este Mensaje resumen lo que ya se había expresado en el Concilio Vaticano II. Similares tomas de posición habían manifestado Pío XII y Juan XXIII. Después del Concilio, Pablo VI expresó también el alcance de este «signo de los tiempos»; decía: «En el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (...); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades».
Es necesario comprender la razón y las consecuencias de la decisión del Creador que ha hecho que el ser humano no pueda existir sólo como mujer o como varón. La eterna verdad sobre el ser humano, hombre y mujer, es un misterio que sólo en el «Verbo encarnado encuentra verdadera luz (...). Cristo desvela plenamente el hombre al hombre y le hace consciente de su altísima vocación», como enseña el Concilio. El Hijo, Verbo consubstancial al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega «la plenitud de los tiempos». Este acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia del hombre en la tierra, entendida como historia de la salvación. «Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana… Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los distintos pueblos una cierta percepción… a veces casi como «caminando a tientas» (cf. Act 17,27). Como hombre «nacido de mujer», constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad.
«Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gen 1, 27). Ambos son seres humanos en el mismo grado. El hombre ¾ya sea hombre o mujer¾ es persona igualmente. En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios «de la costilla» del hombre y es puesta como otro «yo», es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una «ayuda» adecuada a él.
Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro «yo». Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La doctrina revelada sobre el pecado «original» desvela lo que hay que llamar «el misterio del mal» en el mundo. El pecado provoca la ruptura de la unidad originaria, de la que gozaba el hombre y la mujer. La alteración de aquella originaria relación es amenaza más grave para la mujer. La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina y en los diversos campos de la convivencia social se encuentra en desventaja o discriminada por el hecho de ser mujer. Situaciones que, siendo objetivamente dañinas, es decir injustas, contienen y expresan la herencia del pecado que todos los seres humanos llevan en sí.
La justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «el te dominará» (Gen 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» en contra de su propia «originalidad» femenina. Se trata de una riqueza enorme. Los recursos personales de la feminidad son sólo diferentes.
En Jesucristo reconocemos sus actitudes hacia las mujeres; es sumamente sencillo y extraordinario si se considera el ambiente de su tiempo. Es algo universalmente admitido ¾incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano¾ que Cristo fue el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad. A veces esto provocaba estupor, sorpresa, incluso llegaba hasta el límite del escándalo; «se sorprendían» los mismos discípulos de Cristo.
¡Qué significativo es el coloquio sobre el derecho «masculino» a «repudiar a la propia mujer por un motivo cualquiera» (Mt 19, 3)! y, consiguientemente, Cristo se refería también al derecho de la mujer a su justa posición en el matrimonio, a su dignidad. Jesús apela al «principio», a aquel designio divino.
En Jesús no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. Conoce la dignidad del hombre, el valor que tiene a los ojos de Dios. De esta manera todo tiene su plena explicación.
Junto a Cristo se descubren a sí mismas en la verdad (y) se sienten «liberadas», reintegradas, amadas; su posición social se transforma. En el pozo de Siquem estamos ante un acontecimiento sin precedentes (cf. Jn 4, 39-42), insólito si se tiene en cuenta el modo usual con que trataban a las mujeres los que enseñaban en Israel. Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan «femenina», y ¾como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)¾ también admiración.
En el momento de la prueba definitiva y decisiva, a los pies de la Cruz estaban en primer lugar las mujeres que se mostraron más fuertes que los apóstoles. La mujer demuestra una sensibilidad especial, que encuentra confirmación particular también el día de la resurrección. Las mujeres son las primeras en llegar al sepulcro. Son las primeras que lo encuentran vacío. Son las primeras que oyen: «No está aquí, ha resucitado como lo había anunciado» (Mt 28, 6). Son igualmente las primeras en ser llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles (cf. Mt 28, 1-10; Lc 24, 8-11): «Vete donde mis hermanos y diles… Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20, 16-18). Por esto ha sido llamada «la apóstol de los apóstoles». Jesús confiaba a las mujeres las verdades divinas, lo mismo que a los hombres.
Confirma y aclara el Espíritu Santo la verdad sobre la igualdad de ambos ¾hombre y mujer¾, esencial «igualdad»; el hecho de ser hombre o mujer no comporta aquí ninguna limitación en el orden sobrenatural de la gracia santificante: que «profeticen vuestros hijos» al igual que «vuestras hijas». La «igualdad» evangélica, constituye la base más evidente de la dignidad y vocación de la mujer en la Iglesia y en el mundo.
La maternidad expresa una creatividad muy importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad. «Pondré enemistad entre ti y la mujer», Dios inicia en María, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad, la Alianza eterna y definitiva en Cristo. También la maternidad de cada mujer, vista a la luz del Evangelio, no es solamente «de la carne y de la sangre»; indica la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual.
En las enseñanzas de Cristo la maternidad está unida a la virginidad, aunque son cosas distintas. El celibato por el Reino de los cielos es una gracia especial por parte de Dios, que llama. Es un signo especial del Reino de Dios que ha de venir, al mismo tiempo sirve para dedicar a este Reino escatológico todas las energías del alma y del cuerpo de un modo exclusivo, durante la vida temporal.
Ya desde los comienzos del cristianismo hombres y mujeres se han orientado por este camino. Dejarlo todo y seguir a Cristo (cf. Mt 19, 27) no puede compararse con el simple quedarse soltera o célibe. La virginidad comporta la renuncia al matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física, sin embargo se abre a la maternidad «según el espíritu» (cf. Rom 8, 4) que no priva a la mujer de sus prerrogativas y reviste formas múltiples.
«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla» (Ef 5, 25-26). El texto recoge plenamente todo lo que constituye «el estilo» de Cristo al tratar a la mujer. El marido tendría que hacer suyos los elementos de este estilo con su esposa; y, de modo análogo, debería hacerlo el hombre, en cualquier situación, con la mujer.
El Apóstol escribió que: «En Jesucristo (...) no hay ya hombre ni mujer… no hay esclavo ni libre». Y ¡cuántas generaciones han sido necesarias para que, en la historia de la humanidad, este principio se llevara a la práctica con la abolición de la esclavitud! Y ¿Qué decir de tantas formas de esclavitud a las que están sometidos hombres y pueblos, y que todavía no han desaparecido de la escena de la historia? El desafío de la redención es interpretar una sumisión recíproca de ambos en el «temor de Cristo».
En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres, que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida «eras asiduas en la oración» juntamente con los Apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de «hijos e hijas» del Pueblo de Dios cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (cf. Act 2, 17). Aquellas mujeres y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. En cada época y en cada país encontramos numerosas mujeres «perfectas» (cf. Prov 31, 10) que han participado en la misión de la Iglesia.
La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. En este sentido, sobre todo el momento presente, espera la manifestación de aquel «genio» de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10), dice Jesús a la samaritana: don de Dios que El, creador y redentor, confía a la mujer, a toda mujer. La Iglesia ora para que todas las mujeres hallen su «vocación suprema».
lunes, 11 de julio de 2011
Sobre la virtud de la justicia
Sobre la justicia social
Resumen literal de la Enc. Centessimus annus (a los cien años) de Juan Pablo II (1-V-1991).
En el centenario de la encíclica de León XIII Rerum novarum (15 mayo 1891) hago un “relectura” para descubrir de nuevo la riqueza de sus principios fundamentales con una mirada alrededor cuando se vislumbra el tercer milenio cargado de incógnitas y promesas.
Se confirma el valor permanente de la doctrina social de la Iglesia y se manifiesta el sentido de la Tradición siempre viva. Es un tesoro que contiene “cosas viejas”, recibidas y que permite descubrir las “cosas nuevas” de la Iglesia y del mundo. Se incorpora a la Tradición la actividad fecunda de millones y millones de hombres que, actuando individual o coordinados en grupos, son un gran movimiento para la defensa de la persona humana y su dignidad.
A finales del siglo pasado había un proceso histórico en su punto álgido con cambios radicales ante una nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo. Había aparecido una nueva forma de propiedad, el capital, y una nueva forma de trabajo, el asalariado. El trabajo se convertía en mercancía que podía comprarse y venderse libremente en el mercado sin tener en cuenta el mínimo vital para el sustento del trabajador y su familia. Amenazaba el desempleo y el espectro de morir de hambre.
La sociedad estaba dividida en dos clases separadas por un abismo profundo y se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad social y el peligro de una revolución.
León XIII encontró en su tiempo ansia de novedades y ganas de cambiarlo todo. En el conflicto entre el capital y el trabajo, se contraponían, como si fueran “lobos”, unos hombres contra otros. Prevalecía una doble tendencia: una, orientada hacia este mundo y esta vida, extraña a la fe; la otra, dirigida a una salvación puramente ultraterrena que no iluminaba ni orientaba su presencia en la tierra. Enseñar y difundir la doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia y forma parte esencial del mensaje cristiano. Esta doctrina se encuadra en el trabajo cotidiano y en la lucha por la justicia. La nueva evangelización, que es una urgente necesidad, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social pues no existe verdadera solución fuera del Evangelio.
León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. Calificó el trabajo como algo “personal” pues el hombre se expresa y se realiza trabajando. Afirmaba otros derechos de la persona: el natural de asociación, v.gr. los sindicatos que frenan los abusos capitalistas.
Su rica enseñanza abarcaba las relaciones entre el Estado y los ciudadanos criticando los dos sistemas: el “socialismo”, que niega la propiedad privada, y el “liberalismo” que favorece a unos pocos, la parte rica y próspera.
El error “socialista” es considerar al hombre como simple elemento o molécula subordinado al funcionamiento del mecanismo socio-económico, sin responsabilidad. Desaparece el concepto de persona. La concepción cristiana de la persona tiene una justa visión de la sociedad. La socialidad del hombre no se agota en el Estado sino que se realiza en los grupos intermedios.
La causa principal del error “socialista” es el ateísmo. La negación de Dios priva de su fundamento a la persona. Del ateísmo brotan los medios de acción propios del “socialismo” que es la “lucha de clases”. Ese Papa no condena todas y cada una de las formas de conflictividad y en Laborens exercens he reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como “lucha por la justicia”. Se condena la “lucha de clases” porque se niega a respetar la dignidad de la persona en el otro y se aplica la doctrina de la “guerra total”, que el militarismo y el imperialismo imponían en aquella época, que busca el absoluto predominio destruyendo toda la resistencia del adversario sin excluir el uso de la mentira, el terror y las armas de destrucción masiva.
Un error de mayor alcance es concebir la libertad apartada de la obediencia a la verdad y del deber de respetar los derechos de los demás. Así, la libertad es amor propio que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia. Este error llevó a las dos guerras (del 14-17 y del 39-45) originadas por una terrible carga de odio y rencor acumulada por tanta injusticia y que hizo tan crueles esas guerras en las que no se dudó en violar los derechos humanos más sagrados y se realizó el exterminio de pueblos y grupos sociales enteros.
Después de 1945, en Europa se han cayado las armas pero no se han superado las causas; es una situación de no guerra, de no verdadera paz. El progreso científico y técnico se convierte en instrumento de guerra para producir armas cada vez más perfeccionadas y destructivas. Los grupos extremistas son armados y adiestrados para la guerra. Se militarizan muchos países del Tercer Mundo, se difunde el terrorismo mientras se cierne una guerra atómica, capaz de acabar con la humanidad.
Algunos países buscan reconstruir una sociedad democrática para desterrar el potencial revolucionario comunista pero sólo consideran mantener el libre mercado, la estabilidad monetaria y la seguridad de las relaciones sociales para un crecimiento estable y sano. Se trata de evitar que el mercado sea el único punto de referencia; se requiere un control público que vele por el destino universal de los bienes.
Como ya expuse en Sollicitudo rei socialis, el alcance de los inesperados y prometedores acontecimientos de 1989 en Europa central y oriental, es culminación de lo ocurrido con la caída de ciertos regímenes dictatoriales y de opresión en países de América Latina, África y Asia. La ayuda de la Iglesia ha sido decisiva afirmando con sencillez y energía la dignidad del hombre, imagen de Dios.
El hombre ha sido creado para la libertad pero lleva dentro la herida del pecado original que le hace capaz del mal. No se puede creer poseer el secreto de la organización social perfecta que haga imposible el mal. Entonces se convierte la política en religión secular y se cree ilusoriamente poder lograr el paraíso olvidándose de la parábola del trigo y la cizaña. Solamente al final de los tiempos volverá el Señor en su gloria para instaurar los cielos nuevos y la tierra nueva. Ahora, en el tiempo, es imperfecto y provisional pero el Reino de Dios ilumina el orden de la sociedad humana. Es una labor de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los seglares.
El desarrollo no es exclusivamente económico. El punto culminante es el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Reconocer estos derechos es el fundamento de todo ordenamiento político que evitará que recobren vigor antiguas formas de totalitarismo y de autoritarismo. Se ha de evitar la excesiva propaganda de los valores puramente utilitarios que provocan de manera desenfrenada los instintos y el goce inmediato. Hay que evitar nuevas formas de fundamentalismo religioso que velada o abiertamente niegan a los ciudadanos, de credos diversos de los de la mayoría, el ejercicio de los derechos civiles y religiosos.
Es preocupante la cuestión ecológica: la insensata destrucción del ambiente natural. Suplantar a Dios supone tiranizar la naturaleza en vez de gobernarla. Es mezquindad o estrechez de miras y falta de la actitud desinteresada, gratuita y estética que nace del asombro por el ser y por la belleza.
Más grave aún es la destrucción irracional del ambiente humano. Hay que salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”: respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado el hombre. Hay que mencionar el moderno urbanismo. Hay estructuras concretas de pecado que hay que demoler y sustituir por formas auténticas, con valentía y paciencia. La familia, basada en el matrimonio del hombre y la mujer, es la primera estructura fundamental de la “ecología humana”.
Caído el socialismo, el vencedor (el capitalismo) no tiene vía libre. Del capitalismo es absolutamente negativa su postura con la libertad que no quiere encuadrar en un sólido contexto jurídico. El fracaso del sistema comunista elimina obstáculos pero existe el riesgo de la ideología capitalista radical en su forma fideísta.
La Iglesia no tiene modelos que proponer. Reconoce la positividad del mercado y de la empresa pero al mismo tiempo indica que han de estar orientados hacia el bien común. La empresa no es sólo una “sociedad de capitales” sino una “sociedad de personas” que aportan el capital necesario. La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone el derecho al trabajo en que se basa la justa paz social.
La Iglesia aprecia la democracia si asegura la participación y la corresponsabilidad de los ciudadanos. La auténtica democracia sólo es posible en un Estado de derecho que promociona a la persona con la educación y la formación en los verdaderos ideales. La democracia sin valores es un totalitarismo visible o encubierto. No hay que cerrar los ojos ante el fanatismo y fundamentalismo de quienes imponen a los demás su concepción. La verdad cristiana no es ideológica y reconoce que la vida se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas; utiliza el método propio del respeto de la libertad. Así el cristiano propone dialogando con los demás hombres, atento a la parte de verdad que encuentra en los demás, aunque sin renunciar a afirmar todo lo que ha recibido de la fe y del uso correcto de la razón.
Tras la caída del totalitarismo comunista, hay un ideal democrático que debe reformarse para fundamentar sus ordenamientos en el reconocimiento explícito de los derechos humanos: derecho a la vida, derecho a vivir en familia unida, derecho a madurar la inteligencia y la libertad, derecho a participar en el trabajo; derecho a la libertad religiosa. No siempre son respetados como ocurre allí donde se ve el escándalo del aborto y donde los interrogantes que plantea la sociedad son examinados con la fuerza electoral o financiera de los grupos que los sostienen.
Nadie debe considerarse extraño o indiferente a la suerte de otro; esto es muy importante para la solución a la alternativa de la guerra. El ingente poder de medios de destrucción hace imposible limitar las consecuencias de un conflicto. Benedicto XV y sus sucesores, y yo tras la dramática guerra del Golfo Pérsico, hemos gritado: ¡Nunca más la guerra! Ha llegado el tiempo en que el imperio de la ley sustituya a la venganza y a la represalia. En la raíz de la guerra hay, en general, reales y graves razones. Pero el nombre de la paz es el desarrollo (Pablo VI, Populorum progresio, 76-77), tanto a nivel interno como a nivel internacional. Se requiere una concertación mundial para el desarrollo que comporta importantes cambios en los estilos de vida, poner fin al despilfarro de los recursos y valoración de los nuevos bienes materiales y espirituales, frutos del trabajo.
En los últimos cien años la Iglesia ha manifestado su pensamiento, no para recuperar privilegios del pasado o para imponer su propia concepción. Su única finalidad es el hombre que, como recuerda el concilio Vaticano II, es la única criatura que Dios ha querido por sí misma y sobre la que tiene un proyecto, es decir, la participación en la salvación eterna (cf Redemptor hominis, 13). Cada hombre es el camino de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo (cf Redemptor hominis, 14).
Para ejercitar la justicia se requiere el don de la gracia de Dios en colaboración con la libertad de los hombres.
Los grandes problemas se resuelven con la colaboración de todas las fuerzas. El liberalismo y el marxismo rechazan esta colaboración. La solución es un esfuerzo de todos los hombres de buena voluntad. La Iglesia ofrece esta colaboración y tiene la esperanza fundada en ese grupo numeroso de personas que no profesan una religión pero que pueden contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social (cf Sollicitudo rei socialis, 38). En Sollicitudo rei socialis he hecho una llamada a las Iglesias cristianas y a todas las grandes religiones del mundo invitándolas a ofrecer su testimonio; estoy persuadido.
El cristiano sabe que la novedad que esperamos en plenitud a la vuelta del Señor, está presente ya desde la creación del mundo, y precisamente desde que Dios se ha hecho hombre en Cristo Jesús. María, la Madre del Redentor, permanece junto a Cristo en su camino hacia los hombres y con los hombres.