Sobre el apostolado misionero
Resumen literal de la Encíclica de Juan XXIII Princeps pastorum (28-XI-1959)
1. El Príncipe de los Pastores (1Pe 5, 4) nos confió los «corderos» y las «ovejas», esto es, toda la grey de Dios (cf. Jn 21, 15-57) doquier que more en el mundo, para apacentarla y regirla (…) y desde aquel mismo momento siempre tuvimos ante nuestro pensamiento la grandeza, hermosura y gravedad de las Misiones católicas.
3. Por doquier surge la llamada "¡Ayudadnos!" (Hch 16,9) que llega a nuestros oídos… innumerables regiones, fecundadas por la sangre y el sudor apostólico de los heroicos heraldos del Evangelio procedentes «de todas las naciones que hay bajo el cielo» (Ibíd., 2,5)), y en las que ya germinan ahora como floración y fruto de gracia apóstoles nativos.
4. Conforme al «fin último» del trabajo misional que es, según Pío XII, «el de constituir establemente la Iglesia entre otros pueblos y confiarla a una Jerarquía propia, escogida de entre los cristianos de allí nacidos», esta Sede Apostólica siempre oportuna y eficazmente ha provisto, y en estos últimos tiempos con expresiva largueza, el establecer o restablecer la Jerarquía eclesiástica en aquellas regiones donde las circunstancias permitían y aconsejaban la constitución de sedes episcopales, confiándolas siempre que era posible a prelados nativos de cada lugar.
5. (…) el primer obispo de raza asiática y los primeros vicarios apostólicos de estirpe africana fueron nombrados en el 1939. Y, hasta el 1959, se cuentan ya 68 obispos de estirpe asiática y 25 de estirpe africana. El clero nativo ha pasado de 919 miembros, en el 1918, a 5.553, en 1957, para Asia, y de 90 miembros a 1.811, en el mismo espacio de tiempo, para África.
8. Bien sabéis, además, venerables hermanos, cómo la Iglesia siempre ha exigido que sus sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educación sólida y completa del espíritu y del corazón. Y que de ello sean capaces los jóvenes de toda raza y procedentes de cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y la experiencia lo han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formación del clero local se tenga buena cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.
9. La formación del clero autóctono, decía Nuestro venerado predecesor Benedicto XV, ha de encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en sus manos, tan pronto sea posible, el gobierno de las iglesias y guiar, con la enseñanza y su ministerio, a los propios connacionales por el camino de la salvación.
10. (…) se organizará una enseñanza tal que, dentro del espíritu de la más genuina y sólida tradición eclesiástica, sepa formar cuidadosamente el juicio de los sacerdotes sobre los valores culturales locales, especialmente los filosóficos y los religiosos, en sus relaciones con la enseñanza y la religión cristiana.
(…) ella misma [la Iglesia] no se identifica con ninguna cultura, ni siquiera con la cultura occidental, aun hallándose tan ligada a ésta su historia. Porque su misión propia es de otro orden: el de la salvación religiosa del hombre. Pero la Iglesia, llena de una juventud sin cesar renovada al soplo del Espíritu, permanece dispuesta a reconocer siempre, a acoger y aun a sumar todo lo que sea honor de la inteligencia y del corazón humano en cualesquiera tierras del mundo, distintas de las mediterráneas que fueron la cuna providencial del cristianismo».
11. Los sacerdotes nativos bien preparados y adiestrados… podrán dar vida, bajo la dirección de sus obispos, a movimientos de penetración aun entre las clases cultas, singularmente en las naciones de antigua y profunda cultura, a ejemplo de los famosos misioneros entre los que basta citar, por todos, al P. Mateo Ricci. También el clero nativo es el que ha de «reducir toda inteligencia en homenaje a Cristo» (cf. Cor 10,5), como decía aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y así «atraerse en su patria la estimación aun de las personalidades y de los doctos».
13. San Juan Crisóstomo decía de las celebraciones litúrgicas cristianas: «Al acercarnos al altar, primero oramos por el mundo entero y por los intereses colectivos»; y gráficamente afirmaba San Agustín: «Si quieres amar a Cristo, extiende tu caridad a toda la tierra, porque los miembros de Cristo están por todo el mundo».
Y precisamente para salvaguardar en toda su pureza este espíritu católico que debe animar la obra de los misioneros, nuestro predecesor Benedicto XV no dudó en denunciar con las más severas expresiones un peligro que podía hacer perder de vista los altísimos fines del apostolado misionero y así comprometer su eficacia: «Cosa bien triste sería —así escribía él en la epístola Maximum illud— que algún misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara más en su patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su poderío y extender su gloria…»
Peligro, que podría hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos territorios de Misión se va generalizando la aspiración de los pueblos al autogobierno y a la independencia, y cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompañada de excesos no muy acordes con los auténticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.
14. Por lo demás, doquier que sea fundada la Iglesia, allí debe estar ella siempre presente y activa con toda su estructura orgánica, y, por lo tanto, no sólo con la Jerarquía en sus varios grados, sino también con el laicado; pues por medio del clero y de los seglares es como ella necesariamente tiene que desarrollar su obra de salvación.
16. Todo cristiano tiene que estar convencido de su deber primero y fundamental, el ser testigo de la verdad en que cree y de la gracia que le ha transformado. «Cristo —decía un gran Padre de la Iglesia— nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores que enseñen; para que cumplamos nuestro deber de levadura.
17. Mas el testimonio de cada uno debe ser confirmado y ampliado por el de toda la comunidad cristiana, como sucedía en la floreciente primavera de la Iglesia, cuando la compacta y perseverante unión de todos los fieles «en la enseñanza de los apóstoles y en la común fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42) y en el ejercicio de la más generosa caridad era motivo de profunda satisfacción y de mutua edificación; y ellos «alababan a Dios, y eran bien vistos de todo el pueblo. Y luego el Señor aumentaba cada día los que venían a salvarse» (Ibíd., 2,47).
19. Los fieles cristianos, pues que son miembros de un organismo vivo, no pueden mantenerse cerrados en sí mismos, creyendo les baste con haber pensado y proveído en sus propias necesidades espirituales, para cumplir todo su deber. Cada uno, por lo contrario, contribuya de su propia parte al incremento y a la difusión del reino de Dios sobre la tierra. Nuestro predecesor Pío XII ha recordado a todos este su deber universal: «La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta el punto que un cristiano no es verdaderamente devoto y afecto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra».
23. (…) En el campo de la actividad pública es donde los laicos de los países de Misión tienen su más directa y preponderante acción, y es necesario proveer con gran premura y urgencia… hombres que honren primero las diversas profesiones y actividades, y luego, con su sólida vida cristiana…».
25. (…) A todos los obispos, al clero y a los fieles de las diócesis del mundo entero, que con oraciones y ofertas contribuyen a las necesidades espirituales y materiales de las Misiones, les exhortamos a que intensifiquen más aún esta necesaria colaboración.
(…) Invocando con toda el alma sobre las Misiones Católicas la válida asistencia de sus Santos Patronos y Mártires, y muy especialmente la intercesión de María Santísima, amorosa Madre de todos nosotros y Reina de las Misiones, a cada uno de vosotros, venerables hermanos, y a todos cuantos de algún modo colaboran en la propagación del Reino de Dios, con el mayor afecto impartimos la Bendición Apostólica, que sea prenda y fuente de las gracias del Padre Celestial que se reveló en su Hijo Salvador del mundo, y que en todos encienda y multiplique el celo misionero.
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